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Migue Guerrero

“Por la verde alameda…”. Miguel Guerrero 

Aunque dejé de interesarme por el género hace años, siempre he creído que las cosas mejorarían notablemente en el país si de vez en cuando en la actividad política la voz de un poeta dejara escuchar su canto de esperanza. En lugar de tanto ruido y disonancia habría así reposo para el espíritu, suficiente tranquilidad y sosiego para hallar un camino que endulce la ruda y cotidiana discusión de nuestros males. Las crudas desigualdades cercenan la imaginación, el toque mágico que tantas veces se precisa para encontrar fuera del quehacer político, por momentos sórdido e insensible, la llave de soluciones a los problemas del país.

Y es que el defecto principal de muchos de los dirigentes nacionales es su incapacidad para encontrar en la belleza de la forma, un método de acción político y aceptarlo como una fórmula viable. Prefieren el sistema directo y franco de la ofensa y la brusquedad. Tal vez pudieran aprender de aquel que tanto denostaron y que hace años, ante la estatua del poeta en el acto inaugural de una plaza, en medio del trajinar cotidiano de la presidencia, fue capaz improvisando de encontrar la siguiente inspiración:

“Los versos de amor de Fabio Fiallo son invariables y eternos, como lo son las efusiones del corazón humano. Muchas parejas de enamorados, algunas de las cuales ignorarán tal vez la propia existencia del autor de ‘La canción de una vida’ y habrían leído acaso, como composiciones anónimas, muchas de las coleccionadas en sus libros, acudirán en la alta noche a esta plaza, atraídas por su soledad y por el rumor de sus fuentes, y al pasar entre el murmullo de las hojas junto a la estatua del poeta, con las manos entrelazadas, se musitarán como un secreto al oído los versos inolvidables:

“Por la verde alameda silenciosos/íbamos ella y yo; /la luna tras los montes ascendía/en la fronda cantaba el ruiseñor”.

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Migue Guerrero

Entre el mito y la realidad. Por Miguel Guerrero

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

Muchos de esos mitos se han caído por efecto de la realidad. Pero las graves desigualdades sociales que caracterizan la vida moderna los hacen todavía atractivo a los ojos de millones de personas alrededor del mundo. En muchos países de América Latina, si bien en menor intensidad que en el pasado, sigue existiendo la esperanza de un mundo más justo estructurado sobre la base de una mejor distribución de la riqueza en un sistema sujeto al control de la sociedad por una oligarquía política, politburó, que Milovan Djilas, el brillante pensador yugoslavo de la era de Tito, describió como “la nueva clase”.

La revolución castrista, que mantiene aún vivo ese fuego que apenas ya quema, es el ejemplo más patético del fracaso de ese experimento. Al cabo de seis décadas de revolución, los cubanos apenas han conseguido recientemente el derecho a poseer un celular y una computadora. Para protegerlos de la contaminación del cáncer capitalista, el régimen, siempre vigilante, les restringe las llamadas y el acceso al internet. De esta manera, la gerontocracia castrista mantiene intacta la pureza de su revolución.

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Migue Guerrero

Un viejo mito sobre Bosch. Por Miguel Guerrero

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

Miolán tiene otra versión sobre el hecho. En el segundo de una serie de dos artículos publicados en el diario Hoy, el 10 de octubre de 1991, asevera que luego de la gesta del 30 de mayo, el presidente de Costa Rica, José”Pepe” Figueres, convocó a los líderes del PRD y Vanguardia Revolucionara (VRD). Antes de entrar al despacho, Bosch le advirtió que estaban en desventaja, debido a que el otro partido tenía mayor nivel al estar representado por Horacio Julio Ornes y Miguel Ángel Pardo, presidente y secretario general, respectivamente, mientras ellos contaban con el secretario general y él, Bosch, quien fungía entonces como asesor. Miolán cuenta que le respondió diciendo que eso lo arreglaría, haciéndole levantar la mano derecha y juramentándole como presidente, asumiendo la responsabilidad como líder del partido por la decisión. Ninguna de las dos versiones ha sido refutada.

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