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Migue Guerrero

“La ilusión del indulto”. Por Miguel EGuerrero


En la psiquiatría se denomina “ilusión del indulto” a un estado de ánimo caracterizado por una especie de mecanismo de amortiguación interna percibida por los condenados a muerte, justo antes de su ejecución. Viktor Frankl, en su obra “El hombre en busca de sentido”, considerado por la biblioteca del Congreso de Estados Unidos como uno de los diez libros de mayor influencia en ese país, dice que en ese preciso momento los condenados “conciben la infundada esperanza—sin apoyadura en ningún dato real—de ser indultados en el último minuto”. Esta “ilusión” se da también en muchos otros aspectos de la vida y en nuestro país se repiten los ejemplos. Tomemos, para citar tal vez la que mejor lo refleja, la situación de los partidos y las esperanzas que muchos dirigentes infunden en sus seguidores. Sabemos cuán delicada es y el peligro escondido detrás de la ilusión de que el triunfo electoral es solo cosa de tiempo. La gente se aferra así a la idea de que está próximo el momento en que todo le cambiará en la vida. Y esa posibilidad, tan remota a veces como ganar la lotería, para muchos nunca llega y la frustración se les torna desesperante, creando más soldados a un ejército de frustración, lo que no ayuda a mejorar la vida política del país.

Agarrarse a lo que Frankl llama “una tenue esperanza” con la finalidad de atenuar los efectos de ese momento decisivo, puede ser un consuelo, un eficaz atenuador de la cruda realidad, pero no la cambia. Como cada cierto tiempo, con la llegada de un nuevo proceso electoral, los dominicanos renuevan sus esperanzas de cambios, el mecanismo de amortiguación descrito por la psiquiatría puede servir para lograr el efecto tranquilizante que la experiencia vivida no nos permitiría alentar. Las víctimas colectivas terminan admitiendo que esa “ilusión” no modificará las cosas, con el probable agravante de una campaña demasiada larga, vacía y costosa.

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Migue Guerrero

Entre el mito y la realidad. Por Miguel Guerrero

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

Muchos de esos mitos se han caído por efecto de la realidad. Pero las graves desigualdades sociales que caracterizan la vida moderna los hacen todavía atractivo a los ojos de millones de personas alrededor del mundo. En muchos países de América Latina, si bien en menor intensidad que en el pasado, sigue existiendo la esperanza de un mundo más justo estructurado sobre la base de una mejor distribución de la riqueza en un sistema sujeto al control de la sociedad por una oligarquía política, politburó, que Milovan Djilas, el brillante pensador yugoslavo de la era de Tito, describió como “la nueva clase”.

La revolución castrista, que mantiene aún vivo ese fuego que apenas ya quema, es el ejemplo más patético del fracaso de ese experimento. Al cabo de seis décadas de revolución, los cubanos apenas han conseguido recientemente el derecho a poseer un celular y una computadora. Para protegerlos de la contaminación del cáncer capitalista, el régimen, siempre vigilante, les restringe las llamadas y el acceso al internet. De esta manera, la gerontocracia castrista mantiene intacta la pureza de su revolución.

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Migue Guerrero

Un viejo mito sobre Bosch. Por Miguel Guerrero

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

Miolán tiene otra versión sobre el hecho. En el segundo de una serie de dos artículos publicados en el diario Hoy, el 10 de octubre de 1991, asevera que luego de la gesta del 30 de mayo, el presidente de Costa Rica, José”Pepe” Figueres, convocó a los líderes del PRD y Vanguardia Revolucionara (VRD). Antes de entrar al despacho, Bosch le advirtió que estaban en desventaja, debido a que el otro partido tenía mayor nivel al estar representado por Horacio Julio Ornes y Miguel Ángel Pardo, presidente y secretario general, respectivamente, mientras ellos contaban con el secretario general y él, Bosch, quien fungía entonces como asesor. Miolán cuenta que le respondió diciendo que eso lo arreglaría, haciéndole levantar la mano derecha y juramentándole como presidente, asumiendo la responsabilidad como líder del partido por la decisión. Ninguna de las dos versiones ha sido refutada.

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