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Migue Guerrero

Un regalo de navidad. Por Miguel EGuerrero 


De regreso de un curso de periodismo en Italia, Julio Guerrero me trajo hace años un regalo de Navidad: un aparato de afeitar con una original brocha a la que se le podía añadir un tubo provisto de jabón líquido. La brocha me recordó a mi padre. Durante años, papá usó una muy similar, que con el paso del tiempo llegó a parecérsele. Tenía la necesidad de afeitarse dos veces al día, la última con cada regreso a casa después de una larga jornada de trabajo.

Cuando su cuerpo, pequeño pero fuerte, comenzó a sentir los embates de la  enfermedad que le llevó a la tumba, solía cortarse con frecuencia. Para combatir la irritación  y simular los pequeños cortes en las mejillas y el mentón, se echaba una buena dosis de loción para después de afeitar, que le dejaba la cara agradablemente limpia como la de un niño. Yo prefería su olor natural a tierra mojada, llena de promesas, que más de una vez sentí en sus últimos años al acercármele para besarle la mejilla de padre triste consciente de su partida próxima.

El regalo de Julio me refrescó en mí todos esos recuerdos perdidos en un arcano pero seguro rincón del corazón más que del cerebro. Por eso, al levantarme al día siguiente cedí a la tentación de usarlo, en la vana esperanza de ver de nuevo su rostro en el espejo en lugar del mío lleno de espuma. Como le solía pasar en la etapa final de su vida, yo también me corté al rasurarme. Cuando él hacía referencia a su barba, que no era sino una oscura sombra sobre su faz curtida por el sol, me felicitaba por el hecho de que a mí no me creciera. Por cansancio, al final, ya ni  se afeitaba, pero su vieja brocha, casi gastada a fuerza de uso, seguía estando allí, en el maltrecho botiquín, como si se tratara de una importante pertenencia.

Aún en los períodos de bonanza, que de cuando en cuando llegaban a mi hogar de familia de clase media baja, mi padre conservó esa brocha, que unas veces llenaba de espuma marca Foamy, de Gillette, o simplemente de jabón Palmolive, que era su favorito y que daba a su piel dura, curtida e increíblemente suave al mismo tiempo, ese olor particular que anunciaba su presencia.  Como no era hombre apegado a las cosas materiales, no sentía necesidad de cambiarla por una nueva mientras la vieja siguiera sirviéndole. Esa falta de interés, en el atuendo adquiría casi visos de desprecio. Su último traje era una confección de la década del 50. Lo usó por última vez, dos años antes de su muerte, cuando acompañado de mamá, hizo un viaje a San Antonio, Texas, donde mi hermano Tilo ejercía entonces la medicina, para un chequeo general que sólo sirvió para confirmar que muy pronto se nos iría.

La tarde su muerte, el 31 de mayo de 1978, mientras abrazaba sus pies yertos en un extremo de la cama sobre la cual mamá lloraba con una dignidad asombrosa, alcancé a ver su vieja brocha, sobre la esquina de la mesa de noche, como esperando por una nueva afeitada suya. Como sucedió con él, no volví a verla desde esa tarde.

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Migue Guerrero

Entre el mito y la realidad. Por Miguel Guerrero

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

Muchos de esos mitos se han caído por efecto de la realidad. Pero las graves desigualdades sociales que caracterizan la vida moderna los hacen todavía atractivo a los ojos de millones de personas alrededor del mundo. En muchos países de América Latina, si bien en menor intensidad que en el pasado, sigue existiendo la esperanza de un mundo más justo estructurado sobre la base de una mejor distribución de la riqueza en un sistema sujeto al control de la sociedad por una oligarquía política, politburó, que Milovan Djilas, el brillante pensador yugoslavo de la era de Tito, describió como “la nueva clase”.

La revolución castrista, que mantiene aún vivo ese fuego que apenas ya quema, es el ejemplo más patético del fracaso de ese experimento. Al cabo de seis décadas de revolución, los cubanos apenas han conseguido recientemente el derecho a poseer un celular y una computadora. Para protegerlos de la contaminación del cáncer capitalista, el régimen, siempre vigilante, les restringe las llamadas y el acceso al internet. De esta manera, la gerontocracia castrista mantiene intacta la pureza de su revolución.

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Migue Guerrero

Un viejo mito sobre Bosch. Por Miguel Guerrero

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

Miolán tiene otra versión sobre el hecho. En el segundo de una serie de dos artículos publicados en el diario Hoy, el 10 de octubre de 1991, asevera que luego de la gesta del 30 de mayo, el presidente de Costa Rica, José”Pepe” Figueres, convocó a los líderes del PRD y Vanguardia Revolucionara (VRD). Antes de entrar al despacho, Bosch le advirtió que estaban en desventaja, debido a que el otro partido tenía mayor nivel al estar representado por Horacio Julio Ornes y Miguel Ángel Pardo, presidente y secretario general, respectivamente, mientras ellos contaban con el secretario general y él, Bosch, quien fungía entonces como asesor. Miolán cuenta que le respondió diciendo que eso lo arreglaría, haciéndole levantar la mano derecha y juramentándole como presidente, asumiendo la responsabilidad como líder del partido por la decisión. Ninguna de las dos versiones ha sido refutada.

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