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Migue Guerrero

La ley de partidos políticos. Por Miguel EGuerrero 


En junio, mientras estuve de vacaciones fuera del país, aparentemente se avanzó en la aprobación de la ley de partidos, cuyo objetivo es crear las bases del funcionamiento ordenado del sistema político. Pero el proceso sigue estancado a causa de la incapacidad del liderazgo nacional de trabajar juntos en favor del interés nacional.

Con esa ley se aspira evitar muchos de los vicios y prácticas cuestionables que caracterizan el quehacer político cotidiano. A pesar de ello, como tantas otras veces en el pasado, los peldaños avanzados reflejaron la falta de voluntad para caminar juntos en pro de una meta común.

Los recelos entre las distintas fuerzas políticas frenan una y otra vez las intenciones de laborar en las áreas de coincidencia, paradójicamente más amplias que las diferencias, casi siempre de puro matices. Si algo está claro entre nosotros es la ausencia de diversidad ideológica en el espectro político, pues los grandes partidos se ubican todos en el conservadurismo de derechas. Aquello de socialdemocracia, democracia cristiana y centro derecha o de izquierda es pura pretensión, como lo es también en mayor dimensión lo de “progresistas” de lo que se ufanan los grupos más ultra conservadores.

La tendencia a perder por incomparecencia es notable en el historial político dominicano. Ha sido la nota predominante en muchas de las grandes discusiones. Y explica la razón de no haber logrado los consensos necesarios para alcanzar un gran acuerdo nacional fundamentado en el examen de las prioridades, tanto económicas y sociales, como políticas e institucionales. Si algo demuestra la discusión de nuestros grandes temas, para lo cual requerimos todavía de influencias confesionales, es la falta de madurez del liderazgo político, que todo lo resuelve hablando y hablando en los medios, sin intentar los heroicos pasos que demandan las situaciones difíciles.

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Migue Guerrero

Entre el mito y la realidad. Por Miguel Guerrero

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

Muchos de esos mitos se han caído por efecto de la realidad. Pero las graves desigualdades sociales que caracterizan la vida moderna los hacen todavía atractivo a los ojos de millones de personas alrededor del mundo. En muchos países de América Latina, si bien en menor intensidad que en el pasado, sigue existiendo la esperanza de un mundo más justo estructurado sobre la base de una mejor distribución de la riqueza en un sistema sujeto al control de la sociedad por una oligarquía política, politburó, que Milovan Djilas, el brillante pensador yugoslavo de la era de Tito, describió como “la nueva clase”.

La revolución castrista, que mantiene aún vivo ese fuego que apenas ya quema, es el ejemplo más patético del fracaso de ese experimento. Al cabo de seis décadas de revolución, los cubanos apenas han conseguido recientemente el derecho a poseer un celular y una computadora. Para protegerlos de la contaminación del cáncer capitalista, el régimen, siempre vigilante, les restringe las llamadas y el acceso al internet. De esta manera, la gerontocracia castrista mantiene intacta la pureza de su revolución.

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Migue Guerrero

Un viejo mito sobre Bosch. Por Miguel Guerrero

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

Miolán tiene otra versión sobre el hecho. En el segundo de una serie de dos artículos publicados en el diario Hoy, el 10 de octubre de 1991, asevera que luego de la gesta del 30 de mayo, el presidente de Costa Rica, José”Pepe” Figueres, convocó a los líderes del PRD y Vanguardia Revolucionara (VRD). Antes de entrar al despacho, Bosch le advirtió que estaban en desventaja, debido a que el otro partido tenía mayor nivel al estar representado por Horacio Julio Ornes y Miguel Ángel Pardo, presidente y secretario general, respectivamente, mientras ellos contaban con el secretario general y él, Bosch, quien fungía entonces como asesor. Miolán cuenta que le respondió diciendo que eso lo arreglaría, haciéndole levantar la mano derecha y juramentándole como presidente, asumiendo la responsabilidad como líder del partido por la decisión. Ninguna de las dos versiones ha sido refutada.

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