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Migue Guerrero

La deuda externa y el desempleo. Por Miguel Guerrero

El tema de la deuda externa dominó el debate internacional las últimas décadas del siglo pasado y aún continúa acaparando el interés del Tercer Mundo, lo cual se entiende por la forma en que esos compromisos gravitan sobre la suerte de sus economías. Sin embargo, los conflictos derivados de ese hecho han relegado a un plano secundario la discusión global de asuntos de tanta o mayor relevancia y repercusión, como son el desempleo y la pobreza, íntimamente relacionados.

Es innegable que la deuda externa contribuye a acentuar la gravedad de estos problemas básicos por vía de la disminución de las capacidades nacionales para acometer con posibilidades de éxito programas dirigidos a resolverlos. Pero no es menos cierto que el efecto social-político inmediato derivado de una alta tasa de desocupación y una pobreza extrema, que abarca cada día a un núcleo mayor de población a nivel mundial, es tan preocupante y devastador como cualquier consecuencia nacida de compromisos internacionales no honrados.

Por su monto global, en la práctica la deuda parece impagable. Esta observación está muy lejos de parecerse a una sugerencia de moratoria. Los países en desarrollo requieren de recursos frescos para emprender programas de crecimiento económico y encarar el desafío del desarrollo, lo que hace necesario cumplir religiosamente con ese compromiso. Pero bien podría buscarse una fórmula basada en una reducción de las tasas de interés y que los países endeudados amorticen más capital con el pago de cada factura a la banca internacional y a los gobiernos acreedores.

Hay, de todas maneras, infinidad de medios para encarar el problema de la deuda, lo que no parece igual en los casos del desempleo y la pobreza, que penden onerosamente sobre la estabilidad política y social de la mayor parte de las naciones del hemisferio y este país es un tétrico ejemplo de esto último.

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Migue Guerrero

Años después de su partida . Por Miguel Guerrero

Cuando mi padre murió, aquella triste y plomiza tarde de mayo, lo que proporcionó el valor necesario para soportar la tragedia enorme que se abatía sobre nosotros, no fue más que la inmensa sensación de pequeñez que de mí mismo y de mis hermanos, reflejó su muerte. La verdadera grandeza de su existencia estaba no en sus muchos logros personales, mezclados con similares tropiezos y desencantos que hicieron de su vida una extraña conjugación de éxitos y fracasos que terminaron por abatirle cuando ya le faltaban fuerzas físicas para enfrentar las tempestades, sino en la sencillez de su corazón y en su increíble percepción para captar la esencia pura de la existencia humana en la más intrascendente de la escenas cotidianas.

Tras su expresión adusta y severa flotaba un corazón tan dulce como la miel. Había luchado contra viento y marea y confrontado las peores vicisitudes en la formación de la más grande y exitosa de sus empresas personales, que era su familia, y sin embargo había logrado proteger las fibras esenciales de su corazón, al punto de poder encenderse interiormente ante el esplendor de una naciente flor o las lágrimas de un niño hambriento. Era allí donde residía su verdadera naturaleza y de donde yo extraje, desgraciadamente en la etapa final de su vida, los elementos fundamentales del amor y la admiración que la muerte y el tiempo no han logrado disminuir.

De todas las virtudes, la que más apreciaba en cualquiera de nosotros, sus hijos, eran la de la sencillez y la humildad. Las demás carecían del valor esencial de éstas, porque sabía que el talento, la riqueza y la belleza física, eran después de todo temporales como la vida misma y enanas ante la grandeza de Dios. (Extraído del libro del autor “El mundo que quedó atrás”, publicado en el 2002).

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Migue Guerrero

Por encima de las diferencias. Por Miguel Guerrero   |  

Cuando leía a César Medina, lo que hacía cada día por su estilo depurado, directo, sin oropeles, de impecable prosa, me asaltaba siempre una pregunta que me llenaba de inquietud. Y por más que reflexiono, todavía no acabo de entender la razón por la que en nuestro país se hace tan difícil que los grupos de decisión dejen a un lado sus diferencias en pro de un gran acuerdo que allane el camino hacia el futuro, si entre César y yo alcanzamos un alto nivel de afecto y respeto profesional por encima de las nuestras, que eran muchas.

Muchos de mis amigos, con los que mejor me siento, disienten por lo general de mis criterios y no tengo una visión más aburrida de una velada que aquella en las que todos piensen del mismo modo. Pero la terquedad con que en nuestro país se impone la irracionalidad en la discusión de los temas básicos y se convierten en irreconciliables los desacuerdos más insignificantes, me dice que el liderazgo nacional, en todos los estamentos de la sociedad dominicana, se divierte echando gasolina al fuego sólo para ver qué ocurre.

Entiendo que los agravios pesan, pero de qué pudiéramos estar hablando. Estados Unidos y Vietnam sostuvieron por años una de las guerras más cruentas de la historia y son hoy dos aliados con un prometedor tratado de libre comercio. Francia y Alemania fueron adversarios en las dos guerras mundiales que sangraron Europa en la primera mitad del siglo pasado y hoy son los líderes que sostienen la Unión Europea. La grandeza de esas naciones es la de haber enterrado sus ofensas para trabajar juntos por objetivos comunes. Y esa experiencia ajena debería servirnos de pauta para buscar en la diversidad la solución de nuestros problemas.

Porque mientras sigamos intentando encontrar el sendero del porvenir por el retrovisor, en lugar de por el vidrio delantero, quedaremos rezagados viendo al resto avanzar.

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