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Migue Guerrero

¡Leonel o que entre el mar!. Por Miguel Guerrero

Los leonelistas hacen toda clase de piruetas verbales para intentar minimizar los efectos de recientes excesos del expresidente Leonel Fernández, en su propósito de imponer, contra toda lógica democrática, su candidatura a las elecciones del 2020, que de ganarla y volver a la Presidencia, no sería más que otra forma de reelección diferida, algo con lo que no está de acuerdo mientras de él no se trate. Pero si algo revela o deja al descubierto este esfuerzo de sus seguidores, es la absoluta falta de control de las emociones del exmandatario, como ya se hizo evidente en aquél famoso discurso tras su derrota interna en la reunión del Comité Político en Juan Dolio y en una serie posterior de artículos semanales en el Listín Diario, dignos de una antología del desconsuelo.

El exvicepresidente Rafael Alburquerque, el más sobresaliente de sus seguidores, ha advertido que el PLD perdería las elecciones si no hay unidad y no se hace un buen gobierno. Para el mejor entendedor esto tiene solo una lectura, que para el leonelismo esa unidad no existe ni se está haciendo un buen gobierno. Unidad que en esos predios del oficialismo solo sería posible, como ya han dicho públicamente muchos de sus dirigentes, si el señor Fernández, ya tres veces presidente de la República, vuelve a ser el candidato.

Su insistencia en comparar al presidente Medina con Trujillo, como ya lo hiciera en el discurso mencionado, y más reciente en estos días, con referencias al intento de reelección de Horacio Vásquez, reelección que en su caso no la estima un peligro nacional, revela un aspecto oculto de su personalidad; su evidente incapacidad para administrar enconos y una férrea decisión de llevarse consigo al partido del cual es presidente si no logra su propósito de ser su candidato. La razón de este desacuerdo no es de principios. La mueve una incontrolable pasión por el poder.

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Migue Guerrero

Entre el mito y la realidad. Por Miguel Guerrero

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

Muchos de esos mitos se han caído por efecto de la realidad. Pero las graves desigualdades sociales que caracterizan la vida moderna los hacen todavía atractivo a los ojos de millones de personas alrededor del mundo. En muchos países de América Latina, si bien en menor intensidad que en el pasado, sigue existiendo la esperanza de un mundo más justo estructurado sobre la base de una mejor distribución de la riqueza en un sistema sujeto al control de la sociedad por una oligarquía política, politburó, que Milovan Djilas, el brillante pensador yugoslavo de la era de Tito, describió como “la nueva clase”.

La revolución castrista, que mantiene aún vivo ese fuego que apenas ya quema, es el ejemplo más patético del fracaso de ese experimento. Al cabo de seis décadas de revolución, los cubanos apenas han conseguido recientemente el derecho a poseer un celular y una computadora. Para protegerlos de la contaminación del cáncer capitalista, el régimen, siempre vigilante, les restringe las llamadas y el acceso al internet. De esta manera, la gerontocracia castrista mantiene intacta la pureza de su revolución.

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Migue Guerrero

Un viejo mito sobre Bosch. Por Miguel Guerrero

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

Miolán tiene otra versión sobre el hecho. En el segundo de una serie de dos artículos publicados en el diario Hoy, el 10 de octubre de 1991, asevera que luego de la gesta del 30 de mayo, el presidente de Costa Rica, José”Pepe” Figueres, convocó a los líderes del PRD y Vanguardia Revolucionara (VRD). Antes de entrar al despacho, Bosch le advirtió que estaban en desventaja, debido a que el otro partido tenía mayor nivel al estar representado por Horacio Julio Ornes y Miguel Ángel Pardo, presidente y secretario general, respectivamente, mientras ellos contaban con el secretario general y él, Bosch, quien fungía entonces como asesor. Miolán cuenta que le respondió diciendo que eso lo arreglaría, haciéndole levantar la mano derecha y juramentándole como presidente, asumiendo la responsabilidad como líder del partido por la decisión. Ninguna de las dos versiones ha sido refutada.

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