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Migue Guerrero

El párrafo transitorio: una aberración. Por Miguel Guerrero

Cuando bajen las pasiones, si llegaran a bajar con tan alta temperatura primaveral, podríamos estar en condiciones de avaluar fríamente el absurdo significado del artículo transitorio de la Constitución objeto de un ardiente debate en el ámbito político y jurídico del país. El párrafo no solo prohíbe al presidente Danilo Medina optar por un tercer mandato consecutivo, lo cual no es por sí mismo objetable, sino que lo inhabilita por el resto de su vida para optar de nuevo por el cargo y el de la vicepresidencia de la República.

Se entiende que la facción contraria al jefe del Estado le impusiera una veda a un tercer periodo al sentirse derrotada en la lucha interna por la nominación presidencial tras una ingente campaña de su líder el expresidente Leonel Fernández, quien con su lema “los vientos soplan” se creía muy cerca de la victoria. Pero la inhabilitación de por vida del presidente Medina es, en todos los sentidos, una aberración, puesto que Fernández, que ya ha sido tres veces presidente, e Hipólito Mejía, que lo fue una vez, pueden optar cuantas veces quieran por la candidatura presidencial, a despecho de ese párrafo discriminatorio, solo propio de dictaduras como la del chavismo, que se vale de ese recurso a menudo, y el castrismo, dueño absoluto de Cuba por las últimas seis décadas.

Lo cierto es que ese párrafo es el fruto del delirio presidencial del señor Fernández. Con su Constitución del 2010, como lo advertí entonces, logró el propósito de prolongar indefinidamente su carrera por el cargo que terminaba inexorablemente el 16 de agosto del 2012, eliminando el límite de dos mandatos “y nunca más” del texto constitucional anterior. Con ello prohibía la reelección consecutiva, que él disfrutó, impidiendo así a su sucesor poder postularse de nuevo. La reforma del 2015 simplemente restituyó ese derecho que él quiere ahora aprovechar de nuevo, cerrándole el paso a su rival.

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Migue Guerrero

Stalin, la vida oscura de un tirano (1 de 2)

Uno de los rasgos más cautivantes de la biografía del dictador de la desaparecida Unión Soviética Josef Stalin es el de su trabajo en la clandestinidad, desde su expulsión de un seminario jesuita en 1899 hasta el triunfo de la revolución bolchevique en 1917. Constituye también la parte menos conocida de su vida. Sus biógrafos oficiales, entre los que se cuentan a Lavrenti Beria, quien fue uno de sus más crueles jefes de policía, cumplieron a la perfección el encargo de suprimir todos aquellos pasajes que pudieran comprometer la trayectoria revolucionaria del hombre que reinó como todo un viejo y poderoso zar sobre las cenizas del zarismo.

A pesar de ello, los archivos de Ojrana, la temible policía secreta del zar abiertos años después de la muerte de Stalin, han permitido aclarar muchos puntos. Se sabe desde entonces que Stalin fue colaborador de los servicios secretos imperiales y que en varias oportunidades ofreció a éstos informaciones muy valiosas sobre el movimiento bolchevique.

Esos archivos fueron abiertos a finales de la década del 1950. Habían sido enviados al Instituto Hoover de Stanford, Estados Unidos, por Basil Maklakov, el último de los embajadores del zar en Francia tras el triunfo de la revolución en 1917.

Compuestos por más de 100,000 documentos sobre las operaciones extranjeras e internas de la Ojrana desde 1889 hasta la caída del zar, estos archivos fueron sacados por Maklakov de la oficina de la citada policía en París y enviados a Stanford con la condición de que solo fueran abiertos después de su muerte, la cual ocurrió en 1953.

El estudio de esos documentos secretos ha permitido reconstruir una parte importante del movimiento bolchevique y especialmente algunos rasgos de la personalidad de Stalin. Las autoridades soviéticas suponían que estos archivos habían sido destruidos a raíz del ascenso al poder de los partidarios de Lenin, por lo que la revelación de su contenido causó una gran conmoción en el Kremlin a pesar del hecho de que esto coincidió con el periodo de la “desestalinización”, iniciada con el discurso pronunciado por Nikita Kruschev en el XX Congreso del Partido Comunista Soviético.

De acuerdo con esos documentos, citados profusamente por varios historiadores, Stalin viajó a Estocolmo para participar en un congreso, celebrado antes de la revolución, con un pasaporte falso facilitado por la Ojrana. Estos y otros archivos sugieren que Stalin sirvió a la policía zarista entre 1906 y 1912.

Otros hechos muy poco divulgados revelan rasgos de la personalidad del dictador. Cuando fue expulsado del seminario teológico administrado por jesuitas, el futuro dictador soviético escribió una carta al rector denunciando a otros compañeros de actividades reñidas con las enseñanzas religiosas. Los acusaba ante la autoridad religiosa de ser “políticamente indignos de confianza”, lo cual determinó la expulsión de éstos.

La noticia de esta carta, la revelación de que Sosó, apodo por el que se le conocía en esa época, se había convertido en un delator, provocó que fuera llamado a una especie de juicio en el círculo obrero en el cual ya desplegaba actividades revolucionarias.

Djugachvilli, que era su verdadero nombre, admitió la acusación en su defensa y dijo lo siguiente: “Los alumnos estaban todos destinados a ser curas o frailes, servidores de la Iglesia. Yo los he salvado para la revolución. Al denunciarlos he llevado al partido a una docena de revolucionarios educados y de confianza, precisamente lo que más necesitamos”.

Lenin desconfiaba de Stalin, al que no consideraba un comunista cabal. Aunque los biógrafos oficiales al servicio de Stalin trataron por todos los medios de vender otra imagen de estas relaciones, la verdad es que los hechos demuestran lo contrario.

Tras su muerte, entre sus papeles fue encontrada la carta que el 5 de marzo de 1923 le escribió Lenin recriminándole acremente por la forma “grosera” en que había tratado a su esposa Krupskaia. Kruschev dijo después que era realmente “asombroso” que Stalin conservara esa carta.

Después de la caída de Kruschev, Stalin fue rehabilitado y vuelto a ser “Héroe de la Unión Soviética”. Sin embargo, su papel en la clandestinidad en los años de lucha contra la tiranía zarista, las intrigas internas que él dirigió para aniquilar a sus antiguos camaradas una vez en la cima del poder, el asesinato de millones de rusos, las purgas en el ejército y los procesos montados contra intelectuales y altas figuras del partido y el gobierno, arrojan serias dudas sobre su figura de revolucionario puro y auténtico.

La época estalinista constituye una mancha sangrienta en la historia del movimiento comunista. Resulta claro, sin embargo, que su desmitificación equivaldría al derrumbamiento de toda la estructura ideológica en que se sustentaba y aún pretende sostenerse como una opción de cambio reivindicativa del ser humano.

Después de haber asegurado el control absoluto de la Rusia Soviética, Stalin era el “bien amado”. Obtuvo el título por medio de las peores intrigas y las más insólitas conspiraciones. Muchos de sus más íntimos colaboradores y antiguos camaradas de partido cayeron abatidos por el peso de su carácter implacable, durante el período de su ascenso al poder total.

Con todo, Stalin pudo escalar la cima del Partido Comunista Soviético, y desde ahí reinar como un todopoderoso sobre el inmenso país, sólo porque Lenin estaba muy enfermo y porque Sverdlov, el primer presidente soviético, había muerto.

Al decir de Trostky, Stalin era un “grosero” y un hombre de maneras obsequiosas que gustaba de espiar a sus camaradas desde sus habitaciones de la segunda planta de Kremlin, desde mucho antes de que fuera electo secretario general.

En su testamento, Lenin instó a los líderes de la revolución a impedir el rápido ascenso de Stalin. Lo consideraba poco leal a sus camaradas, “abusa de su poder para llegar a los fines personales y es tan grosero que no tiene sitio en el seno de los comunistas”.

El comienzo de su lucha verdadera por el control de toda la Unión Soviética tuvo lugar en el X Congreso del Partido Comunista, cuando a solicitud de Zinoviev, a quien luego hizo Stalin ejecutar, fue nombrado secretario general.

Los historiadores coinciden en que esto fue posible sólo porque la enfermedad de Lenin prácticamente le había alejado de los quehaceres del partido y porque el natural sucesor Sverdlov había muerto poco antes. Sverdlov desconfiaba de Stalin y éste no vaciló en precipitarle la muerte haciéndole ingerir una dosis excesiva de somnífero.

El instrumento utilizado para quitar de en medio a Sverdlov fue Pagoda, un oscuro e intrigante farmacéutico que el primero había ayudado a escalar posiciones en la jerarquía comunista, no obstante el hecho de que en su juventud, Pagoda había cometido un robo en el negocio del padre del primer presidente soviético.

Sverdlov estaba padeciendo de tuberculosis y por eso su muerte repentina no causó revuelo alguno en los altos círculos del poder en el Kremlin. Sin embargo, como Lenin patrocinaba a Trostky para sucederle y temía de las intenciones de Stalin, este último concentró todas sus fuerzas en eliminar política y físicamente al segundo a fin de allanar su camino hacia el poder absoluto.

Ya muerto Sverdlov, Lenin y Stalin tuvieron algunos altercados significativos que profundizaron las diferencias entre ambos. Uno de los más graves ocurrió a mediados de 1923, en momentos en que Lenin se acercaba a los días finales de su existencia. El líder de la revolución bolchevique se encontraba muy débil cuando su esposa la Krupskaia chocó violentamente con el secretario general quien le ordenó ásperamente que no se inmiscuyera en los asuntos oficiales.

La razón del altercado era que la esposa de Lenin favorecía abiertamente a Trostky para suceder al presidente del Comité de los Comisarios del Pueblo en el liderazgo máximo de la revolución comunista. Lenin se inclinaba por Trostky y ya lo había hecho saber en su testamento, al definirlo como el más inteligente de todos los probables sucesores.

Stalin celaba a Trostky porque éste había sido siempre la segunda figura y su participación en la guerra civil, como jefe de las Fuerzas Armadas, fue decisiva en la consolidación de la revolución de los Soviets.

Un ejemplo de que realmente Lenin pensaba en él para el primer puesto de mando aparece en los textos de historia. Después del atentado en que Lenin resultó gravemente herido en 1918 por la militante socialista revolucionaria de izquierda, Fanny Kaplan, medio moribundo hizo llamar a Trostky a su lado.

En plena guerra civil Trostky abandonó por unos momentos su puesto de lucha en el frente y acudió ante el líder máximo. “Debes cuidarte”, le dijo Lenin, “debemos procurar que os protejan mejor que a mi, porque si desaparecemos ambos, ¿crees que Sverdlov y Bukharin podrían reemplazarnos eficazmente?”.

Tan pronto como obtuvo el poder, a base de intrigas y asesinatos, Stalin se convirtió en el “hombre más amado” de Rusia. Pero la verdad fue que siempre inspiró desconfianza, temor y repulsión entre sus propios camaradas.

Otra faceta poco conocida de Stalin se remonta al período previo a la Revolución de 1917. Tras su regreso a Bakú después de haber escapado con una identidad falsa del confinamiento en el Norte, Stalin encontró la organización de los bolcheviques de Georgia virtualmente diezmada. Sufrían sobre todo una aguda escasez de fondos. Para salvar al movimiento, el futuro “Zar de la Rusia Soviética”confeccionó una lista de comerciantes ricos, con la ayuda de algunos delincuentes convictos por robo, a los que exigió un pago de protección. Los que resistieron el chantaje no tardaron mucho en lamentarlo, pues sus establecimientos fueron objeto de ataques o incendios nocturnos.

Muy pronto Stalin llegó a la conclusión de que esto no era suficiente para mejorar las finanzas del partido en Georgia y recurrió a su amigo Lajos Koresku, fichado en la policía como traficante de drogas y muy conocido en el mundo de la prostitución. Con la ayuda de Koresku “consiguió” reunir a un grupo de prostitutas y montó una serie de prostíbulos en Tiflis, Bakú y otras ciudades. Parte del dinero de esas actividades era entregado a Stalin para el partido. Durante algún tiempo el negocio de la prostitución constituyó la principal fuente de ingresos de los bolcheviques de Georgia y de todo el Cáucaso, lo cual le permitió al futuro amo de Rusia reactivar el aparato bolchevique en esa vasta y agitada región.

Lenin estaba al tanto de las actividades de Stalin pero se hizo de la vista gorda, hasta que las mismas alcanzaron un punto en que podían convertirse en un peligro para el crédito del movimiento. Fue entonces cuando le escribió una larga carta a Stalin advirtiéndole sobre el peligro de que las autoridades zaristas utilizaran ese expediente para desacreditar la moral del partido y la de sus principales dirigentes. Lenin aprobaba el método y su preocupación se relacionaba con la posibilidad de que se le empleara en su contra.

La explotación de un negocio del “capitalismo decadente” por Stalin en Georgia, no hería los sentimientos revolucionarios de Lenin. “Nada me importa que tengas o no asuntos con las mujeres ni que cambies de mujer con tanta frecuencia como de camisa”, escribió Lenin a Stalin. “Pero lo que sí me importa es el buen nombre de nuestro Partido Bolchevique”. En esa perla de la herencia literaria leninista, prevenía sobre la necesidad de guardar las apariencias: “No estoy de acuerdo en que sea la mejor política para nuestro partido el estar abiertamente conectado con los burdeles que tú y Koresku organizasteis, los cuales están prosperando. Aunque comprendo muy bien que debemos obtener los fondos para nuestra lucha por el procedimiento que sea, ya que los precisamos imperiosamente, creo, sin embargo, que debería hacerse en forma tal, que jamás pueda acusársenos de valernos de la prostitución como un medio de conseguir los ingresos para sufragar nuestra obra revolucionaria”.

Lenin comprendía las consecuencias. “Sería terrible para el partido que un día apareciera un periódico zarista con el título de Líder bolchevique del Cáucaso dueño de un burdel, y nos acusase de explotadores de prostitutas”.

Según Lenin, “sería extremadamente nocivo para nuestra causa si nosotros, que combatimos contra la explotación del individuo, tuviéramos que ser acusados de explotar a alguien, aunque se trate de prostitutas”. En realidad, fue él quien le trazara las pautas cuando aconsejó a Stalin lo siguiente: “Por tanto, sugiero que encuentres la manera y forma de llegar a un acuerdo con Koresku para que te entregue el dinero fuera de los burdeles, sin que haya ulterior conexión entre tú y esos lugares, y también que, cuando hagas entrega de dichas cantidades regulares, digas simplemente que proceden de simpatizantes que no desean descubrir sus nombres”.

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Migue Guerrero

Años después de su partida . Por Miguel Guerrero

Cuando mi padre murió, aquella triste y plomiza tarde de mayo, lo que proporcionó el valor necesario para soportar la tragedia enorme que se abatía sobre nosotros, no fue más que la inmensa sensación de pequeñez que de mí mismo y de mis hermanos, reflejó su muerte. La verdadera grandeza de su existencia estaba no en sus muchos logros personales, mezclados con similares tropiezos y desencantos que hicieron de su vida una extraña conjugación de éxitos y fracasos que terminaron por abatirle cuando ya le faltaban fuerzas físicas para enfrentar las tempestades, sino en la sencillez de su corazón y en su increíble percepción para captar la esencia pura de la existencia humana en la más intrascendente de la escenas cotidianas.

Tras su expresión adusta y severa flotaba un corazón tan dulce como la miel. Había luchado contra viento y marea y confrontado las peores vicisitudes en la formación de la más grande y exitosa de sus empresas personales, que era su familia, y sin embargo había logrado proteger las fibras esenciales de su corazón, al punto de poder encenderse interiormente ante el esplendor de una naciente flor o las lágrimas de un niño hambriento. Era allí donde residía su verdadera naturaleza y de donde yo extraje, desgraciadamente en la etapa final de su vida, los elementos fundamentales del amor y la admiración que la muerte y el tiempo no han logrado disminuir.

De todas las virtudes, la que más apreciaba en cualquiera de nosotros, sus hijos, eran la de la sencillez y la humildad. Las demás carecían del valor esencial de éstas, porque sabía que el talento, la riqueza y la belleza física, eran después de todo temporales como la vida misma y enanas ante la grandeza de Dios. (Extraído del libro del autor “El mundo que quedó atrás”, publicado en el 2002).

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