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Martinez Moya

Constitucionalidad de las primarias abiertas . Por Julio Cury

La “formación y manifestación de la voluntad ciudadana” es la función más significativa de los partidos, ya que en cierta forma opera como simbiosis de las otras dos. En su magnífica obra “Sobre el Régimen Jurídico-Constitucional de los Partidos Políticos”, Javier Jiménez Campo, Secretario General del Tribunal Constitucional de España, expresa que “la voluntad popular que los partidos concurren a manifestar y a formar, coincide con la que manifiesta el cuerpo electoral ante las urnas”.

Como se advierte, se pone nueva vez de relieve que esa voluntad expresada dentro de los partidos deviene luego en voluntad estatal a través de los procesos electorales, en los que los partidos son protagonistas mediante las candidaturas propuestas. ¿Cómo desconectar entonces a los ciudadanos del poder político en la primera etapa?

La modalidad de selección de candidatos, si bien proceso interno de cada partido, no puede quedar fuera del proceso de creación de representación democrática, realidad inequívoca por el que carece de tino constitucional negarle al legislador su potestad interventora en los partidos con la invocación de la libertad de asociación que, de cualquier manera, se ejerce siempre de conformidad con la ley, tal como consagra el art. 47 de la Constitución.

La manifestación de la voluntad ciudadana constituye una función claramente institucional, y como ella no se articula sino a través de las elecciones, la obligación puesta a cargo de los partidos políticos de “Contribuir, en igualdad de condiciones, a la formación y manifestación de la voluntad ciudadana…”, engloba implícitamente tanto el derecho de militantes como el de simpatizantes.

Otra interrogante salta a la vista y es esta: ¿se corresponde con la función de “servir al interés nacional y bienestar colectivo”, consagrada en el art. 216.3, restringirle el derecho de participación política al muy elevado porcentaje de la ciudadanía que no milita en ningún partido? Y respondo con una rotunda negativa.

Concurrir a la formación y manifestación de la voluntad ciudadana parte del hecho de que, como enseña Torres del Moral en “Los Derechos Fundamentales y su Protección Jurisdiccional”, los partidos son “vehículos de esa voluntad y agentes de socialización política… A mi juicio, también es la cocina donde se preparan los platos más importantes de la política nacional, sobre todo si se trata del partido mayoritario que, por tanto, forma Gobierno”.

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GENTE

La revolución que inspiró a nuestros próceres

Gabriela Calderón de Burgos indica que varios de los próceres latinoamericanos se inspiraron en la Revolución Americana del 4 de julio de 1776.

Por Gabriela Calderón de Burgos

José Joaquín de Olmedo, uno de los padres fundadores del Ecuador, cuando publicó el 6 de julio de 1845 el manifiesto de la Revolución del 6 de marzo del mismo año citó aquella porción de la Declaración de la Independencia de EE.UU. que justifica el derecho a la rebelión que tienen los pueblos libres contra un gobierno que se excede en su autoridad: “Si una larga serie de abusos y usurpaciones manifiesta con notoriedad el designio de oprimir y esclavizar al pueblo y someterlo al yugo del despotismo, el pueblo tiene el derecho y el deber de sacudir ese yugo, derribando ese gobierno, para establecer nuevas garantías a su seguridad”.

El 4 de julio los estadounidenses conmemoran la independencia de su país, pero es una fecha que también debemos celebrar los latinoamericanos, pues aunque sea algo muy poco conocido, las ideas detrás de esta revolución inspiraron a muchos de nuestros padres fundadores.

El precursor de las independencias latinoamericanas, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, a tan solo un par de décadas después de la Revolución Americana(1776), se admiraba de la prosperidad repentina de EE.UU. en su ensayo “La paz y la dicha del nuevo siglo”.[1]

Carlos Rangel en su excelente libro Del buen salvaje al buen revolucionariocomienza desmintiendo el mito de que la prosperidad de EE.UU. se debía al atraso de América Latina. Para hacerlo señaló que el otro precursor de las independencias latinoamericanas, Francisco de Miranda, quedó absolutamente admirado de la prosperidad y el sistema de gobierno de EE.UU., todo lo cual se dio antes de que este país tuviese relaciones con otras naciones.

Rangel señala que “Estas sencillas verdades sobre el origen de la prosperidad y el poder de los EE.UU. antes de toda relación con América Latina, han sido hoy sustituidas por entorchadas explicaciones sobre cómo el auge norteamericano estaría en relación directa con el atraso del resto de Hemisferio…Es incómodo, cuando se vive de mitos, toparse con la verdad, dicha en forma tan simple, tan clara, tan irrefutable. Y para colmo por uno de los auténticos héroes y uno de los más grandes hombres de Hispanoamérica”.

Miranda admiraba tanto la Revolución Americana que planificó que se proclame la independencia de Venezuela, este sí el primer grito de independencia en América Latina, el 4 de julio de 1811. Se logró hacerlo el 5 de julio.

Tanto Miranda como otro de nuestros padres fundadores, Vicente Rocafuerte, leyeron a los autores de la Ilustración Escocesa y Europea como David Hume, Adam Ferguson, Voltaire, Montesquieu y Adam Smith. Este último también fue leído por Viscardo y Guzmán y, aparentemente, Olmedo. Resulta que los padres fundadores de EE.UU. también bebieron de estas fuentes. Rocafuerte era un ávido lector de Alexander Hamilton, admirador de Benjamin Franklin y del general George Washington. Además, tradujo para el debate en las nacientes repúblicas la Constitución de EE.UU., Sentido común de Thomas Paine y la Constitución de la Confederación de los Estados Unidos.

Eran todos parte de una corriente liberal internacional que terminó acabando con el Antiguo Régimen de las monarquías absolutistas y que propugnaba los valores de la modernidad: igualdad ante la ley, gobiernos limitados, tolerancia religiosa, propiedad privada, libertad de prensa, y libre comercio.

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Martinez Moya

El PLD Descabezado.Por Rosario Espinal

¿Es exagerado el título de este artículo? Veamos. El presidente del PLD, Leonel Fernández, aspira a la candidatura presidencial de su partido para el 2020. El secretario general, Reynaldo Pared Pérez, también aspira a la candidatura presidencial. Ninguno ha renunciado de sus funciones. El secretario de organización, Félix Bautista, ha sido suspendido temporalmente de esa función por un expediente que dio a conocer el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. El secretario de finanzas, Víctor Díaz Rúa, ha sido también suspendido temporalmente por la acusación del Ministerio Público en el escándalo de corrupción Odebrecht. O sea que, los cuatro principales dirigentes del PLD se encuentran inmersos en asuntos que contravienen su rol de dirección.

Por mucho tiempo, el PLD promocionó una identidad basada en la disciplina partidaria y el centralismo democrático. Por ende, se decía, que era un partido unido. Posteriormente se agregó el argumento de que la necesidad de seguir en el poder hacía que los peledeístas, a pesar de sus conflictos, permanecieran unidos. ¡Juntos hasta el 2044!, por lo menos.

En este momento, todos esos argumentos se tambalean.

El Comité Político, máxima instancia de decisión partidaria, no se convoca con regularidad porque no hay manera de ponerse de acuerdo. El centralismo democrático falla. Si se tratara de construir mayoría simple en las votaciones no habría problema; eso existe. La dificultad radica en que lo que desea un sector es contrario a lo que desea el otro. El leonelismo y el danilismo andan por caminos diferentes.

El centralismo democrático funcionó cuando era más centralismo que democracia. Así fue cuando Juan Bosch era el líder máximo, y cuando Leonel Fernández era el líder máximo. Pero durante la presidencia de Danilo Medina, el PLD dejó de tener un líder máximo. Ahora hay dos y en disputa.

Dado que en el partido había más centralismo que democracia, después de 2012, no ha habido forma de ejercer el centralismo sin un líder máximo. Tampoco se ha desarrollado la democracia partidaria. Las máximas autoridades del partido han estado más más interesadas en promover sus aspiraciones e intereses que en institucionalizar el partido. Ojo: tanto el presidente del PLD como el secretario general aspiraron a la candidatura presidencial en el 2016 y aspiran para el 2020. Árbitros no pueden ser.

Con la estructura de dirigencia descabezada, el PLD se avoca a grandes conflictos partidarios en el proceso de selección de candidaturas para el 2020.

Siempre se ha supuesto, dentro y fuera del PLD, que el Comité Político resuelve los impases y da las instrucciones en base al “consenso”. Pero ese comité ya no funciona así. En el mejor de los casos, es un espacio de competencia de poder donde gana quien tenga más votos.

La dirigencia del PLD desperdició las últimas dos décadas para organizar un partido democrático. Si lo hubiesen hecho, hoy no estaríamos hablando de conflictos entre Leonel y Danilo ni de repostulaciones presidenciales, no tendríamos acuerdos que de un porrazo garantizaran la repostulación de muchos ocupantes de cargos legislativos y municipales por ineptos que sean, y no hubiera quizás tantos escándalos de corrupción.

La dirigencia máxima del PLD es la única responsable de la situación en que se encuentran, y la ciudadanía observa el desbarajuste del PLD.

Estar en el poder les ayuda a solventar problemas. La debilidad de la oposición les ayuda a convivir con malquerencias. Que no haya una crisis macroeconómica les da respiro. Pero que quede claro, el PLD está descabezado y enfrenta grandes riesgos.

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