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Migue Guerrero

Dejando a un lado la política. Por Miguel Guerrero

Muchos amantes de la ópera creen que la coloratura es propia sólo de las buenas sopranos líricas ligeras, pero como técnica al fin es realizable en todo tipo de voz. La coloratura (color) requiere de una buena dicción y sobre todo de un canto preciso, ya que no es más que la capacidad de ejecutar sucesiones de notas rápidas y de esta manera poder extender la vocal de una sílaba a varias notas seguidas.

Las composiciones de Mozart demandan el dominio perfecto de esa técnica y grandes compositores del bel canto la elevaron al extremo de amplitud, agilidad y rapidez, como figuran en casi todas las obras de Rossini, Bellini y Donizetti, aunque no con la misma frecuencia e intensidad en las de Verdi y Puccini, considerados ambos, sin embargo, como los dos más grandes genios de la tradición italiana de la ópera. Los compositores contemporáneos, los que han perpetuado con su genio el rico legado de sus antecesores, no hicieron de ella un recurso habitual de sus obras y esa ha sido la causa de que muchos críticos del arte lírico cuestionen permanentemente si fue debido a que no encontraron la forma de integrar esa técnica de modo natural a sus creaciones.

La coloratura fue un recurso usual de la música barroca y se la utilizaba para permitir a los cantantes lucirse en los escenarios. Para Bach, por ejemplo, la agilidad instrumental que supone la ejecución de coloraturas en toda la tesitura de la voz, era la condición imprescindible a todo buen cantante. En los ambientes líricos se habla a menudo de la supuesta superioridad de las sopranos wagnerianas, y la habilidad de estas para dominar la técnica, aunque los biógrafos sostienen que Wagner consideraba la coloratura como una técnica superficial. Las notas más altas de algunas arias que suelen dar los cantantes no figuran en las partituras originales, pero se han hecho tan populares que es casi imposible prescindir de ellas.

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Migue Guerrero

Un viejo mito sobre Bosch. Por Miguel Guerrero

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

Miolán tiene otra versión sobre el hecho. En el segundo de una serie de dos artículos publicados en el diario Hoy, el 10 de octubre de 1991, asevera que luego de la gesta del 30 de mayo, el presidente de Costa Rica, José”Pepe” Figueres, convocó a los líderes del PRD y Vanguardia Revolucionara (VRD). Antes de entrar al despacho, Bosch le advirtió que estaban en desventaja, debido a que el otro partido tenía mayor nivel al estar representado por Horacio Julio Ornes y Miguel Ángel Pardo, presidente y secretario general, respectivamente, mientras ellos contaban con el secretario general y él, Bosch, quien fungía entonces como asesor. Miolán cuenta que le respondió diciendo que eso lo arreglaría, haciéndole levantar la mano derecha y juramentándole como presidente, asumiendo la responsabilidad como líder del partido por la decisión. Ninguna de las dos versiones ha sido refutada.

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Migue Guerrero

“Valgo más vivo que muerto”. Por Miguel Guerrero

La figura gallarda y arrogante que la leyenda revolucionaria nos ofrece de Ernesto Guevara, popular y mundialmente conocido como el Che, no es la que describió cuarenta años después de su muerte el general retirado boliviano que lo apresó. Por aquel entonces capitán, el oficial Prado afirma que el Che pidió clemencia al entregarse a las tropas que él dirigía, exclamando que valía más vivo que muerto. No fue precisamente un final heroico para una trayectoria revolucionaria que la propaganda ha querido convertir en un mito.

Según Prado, Guevara presentaba un aspecto desgarrador. Lucía extremadamente delgado y exhausto, desarrapado, sucio y hambriento. La antítesis del superhéroe. No hubo señales de dignidad en su muerte. Al igual que Sadam Hussein, atrapado en una ratonera debajo de la tierra, no exigió un precio por su vida. Simplemente se entregó; vencido, sin fuerzas para seguir luchando.

Esos son los hechos. No importa cuanto pretenda la propaganda. La historia ha demostrado que Guevara no contó nunca con el respaldo de los comunistas bolivianos, que no se movilizaron en su respaldo mientras la guerrillera intentaba instalar un frente ni hicieron tampoco mucho para evitar su ejecución, días después de su arresto. Un compañero de armas, Benigno, disidente cubano, asegura que Fidel Castro le traicionó porque ya le resultaba molesto. Igual debió pasar años después con el coronel Caamaño, de quien se dice tenía serias divergencias de criterio con el líder cubano.

Tanto el uno como el otro, más el último que el primero, podían representar en un momento una competencia indeseada. Pero ninguno tuvo nunca la dimensión del líder cubano. Tanto el Che como Caamaño fueron víctimas de su propia fama. Y en el caso del primero, no así con el segundo, décadas después de su muerte, aún vive en la fantasía de un sueño revolucionario que pereció con él.

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Migue Guerrero

Ejemplos del mejor periodismo. Por Miguel Guerrero

Mi compañero de aulas en la universidad, Miguel Ángel Prestol, es hoy un prestigioso abogado, pero bien pudo ser mejor periodista de lo que también es sin duda alguna. Y al contar esto no quiero parecer nostálgico. Muy jóvenes ambos, recorríamos en un viejo jeep de la planta de radio y televisión estatal las oficinas públicas para llevar las novedades del día a los oyentes. Prestol elogiaba mi habilidad para redactar buenos leads, pero él llegó a escribir uno de los mejores que he leído. Fue en ocasión de un encuentro de cancilleres americanos en Río tras la revuelta civil de 1965.

Urbáez, el director de prensa, le encargó resumir todos los despachos internacionales sobre la cita en una sola noticia para el informativo de la tarde. Prestol tenía examen en la universidad ese día y la prisa le dominaba. No obstante, se sentó a su máquina y rápidamente, en pocos minutos, terminó de teclear pasándome la cuartilla para que le diera un vistazo. No necesité leerlo dos veces para grabarlo para siempre en la memoria. La nota, sin borrones, decía: “La paradoja del siglo se produce hoy en Río de Janeiro. Un dictador, el mariscal Humberto Castelo Branco, pronunciará el discurso inaugural de una conferencia llamada a sentar las bases de la democracia en la región”.

Esa entrada lo resumía todo. Sólo recordaba haber leído algo tan genialmente descriptivo en un despacho internacional. Era la crónica de un corresponsal del New York Times que reseñaba el fracaso de la cumbre de los cuatro grandes—Eisenhower, McMillan, De Gaulle y Kruschev—reunidos en París para descongelar la guerra fría y que decía así: “La paloma de la paz se posó hoy en el Palacio de Versalles y los cuatro grandes allí reunidos aunaron esfuerzos para espantarla”.

Un lead informativo que puede aquí escribirse a menudo ya que muchos han intentado comérsela cada vez que ella se posa entre nosotros.

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