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Migue Guerrero

Reflexión sabatina. Por Miguel Guerrero  

Ciertos ataques mediáticos hacen más bien que el mal que se proponen. Y plantean también serios cuestionamientos sobre el medio que los acoge. Un diario no es el lugar ni la tecnología que se usa para imprimirlo, sino lo que sale a la calle; el contenido que lleva a sus lectores. Todo medio en una sociedad democrática está sujeto al examen diario de sus lectores, plebiscitos permanentes que en algún momento influirán en el favor y la aceptación del público. La calidad del contenido es el rostro real de un medio y de aquellos que lo dirigen. Cuando un diario presta sus páginas a las calumnias termina perdiendo toda credibilidad y la admiración de sus lectores.

Sucede igual con los gobiernos y los políticos. Cuando estos se valen de terceros para intentar dañar reputaciones, sea en el plano político como en cualquier otro, terminan pareciéndose a quienes usan para esas tareas. La razón es que se requiere de mucho más talento para ejercer la democracia que para imponer la tiranía, por cuanto lo primero supone el uso de la razón y el otro el de la fuerza. La tolerancia a la crítica seria es una obligación de todo gobierno y partido político que se presuma democrático.

Con todo y que muchos de los métodos de la dirección actual han sido seriamente cuestionados, existen en la acción ejecutiva áreas reivindicables, capaces de defenderse por sí solas. No todo lo atribuible a la administración merece ser objeto de la crítica. Y cabe suponer que mucha gente respetable estaría dispuesta a endosar numerosas iniciativas oficiales, incluso su política global, dentro del marco de un debate serio, con argumentaciones válidas, que permitan una discusión enriquecedora. Algunos se creen que la retractación ofende, cuando es apenas un espejo que refleja el rostro de quien se vale de ella. La acumulación de poder termina cegando a quienes lo ejercen y ninguna actividad humana es ajena a esa realidad.

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Migue Guerrero

Entre el mito y la realidad. Por Miguel Guerrero

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

Muchos de esos mitos se han caído por efecto de la realidad. Pero las graves desigualdades sociales que caracterizan la vida moderna los hacen todavía atractivo a los ojos de millones de personas alrededor del mundo. En muchos países de América Latina, si bien en menor intensidad que en el pasado, sigue existiendo la esperanza de un mundo más justo estructurado sobre la base de una mejor distribución de la riqueza en un sistema sujeto al control de la sociedad por una oligarquía política, politburó, que Milovan Djilas, el brillante pensador yugoslavo de la era de Tito, describió como “la nueva clase”.

La revolución castrista, que mantiene aún vivo ese fuego que apenas ya quema, es el ejemplo más patético del fracaso de ese experimento. Al cabo de seis décadas de revolución, los cubanos apenas han conseguido recientemente el derecho a poseer un celular y una computadora. Para protegerlos de la contaminación del cáncer capitalista, el régimen, siempre vigilante, les restringe las llamadas y el acceso al internet. De esta manera, la gerontocracia castrista mantiene intacta la pureza de su revolución.

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Migue Guerrero

Un viejo mito sobre Bosch. Por Miguel Guerrero

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

Miolán tiene otra versión sobre el hecho. En el segundo de una serie de dos artículos publicados en el diario Hoy, el 10 de octubre de 1991, asevera que luego de la gesta del 30 de mayo, el presidente de Costa Rica, José”Pepe” Figueres, convocó a los líderes del PRD y Vanguardia Revolucionara (VRD). Antes de entrar al despacho, Bosch le advirtió que estaban en desventaja, debido a que el otro partido tenía mayor nivel al estar representado por Horacio Julio Ornes y Miguel Ángel Pardo, presidente y secretario general, respectivamente, mientras ellos contaban con el secretario general y él, Bosch, quien fungía entonces como asesor. Miolán cuenta que le respondió diciendo que eso lo arreglaría, haciéndole levantar la mano derecha y juramentándole como presidente, asumiendo la responsabilidad como líder del partido por la decisión. Ninguna de las dos versiones ha sido refutada.

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