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TECNOLOGÍA

Video : ¿Qué son las botas de deshielo? POR ROBERTO MTZ ARMENDÁRIZ


Generalmente, instalados en los aviones turbohélice, las botas de deshielo (wing boot) tiene una función muy importante a la hora de eliminar contaminación o formación de hielo principalmente en los bordes de ataque de las semi alas y empenaje.

La acumulación de hielo en las superficies alares causa una reducción del ángulo de desplome y un incremento de la velocidad de desplome por la “deformación” del perfil que, genera una separación del flujo de aire. Además, también se ha comprobado un aumento en el peso del avión.

Es fácil identificar este sistema visualmente, ya que las botas son de color negro y abarcar gran parte de estas superficies. Su funcionamiento ya sea neumática o mecánica hace que el sistema se infle o desinfle rompiendo la formación de hielo que se haya acumulado en vuelo.

Las botas trabajan –dependiendo del modelo y fabricante- aproximadamente a una fuerza de 20 PSI (1kg/cm2) y son infladas por aire caliente procedente de los motores. A partir del manual del fabricante se tomará en cuenta cuándo es necesario activar el sistema de botas de deshielo. El piloto deberá de ser capaz de determinar visualmente la cantidad de formación de hielo y el momento de activar cada uno de los ciclos.

La mayoría de los fabricantes recomiendan la activación del sistema en condiciones a partir de temperaturas por debajo de los -5° centígrados y entre ¼ y ½ pulgadas de espesor de hielo para que el sistema actué eficientemente y pueda ser removida la mayor parte de la contaminación.

Si bien las botas de deshielo pueden actuar en determinados momentos, también existe la remoción de escarcha o nieve utilizando otro tipo de procesos, como es la aplicación de químicos en tierra.

Dadas las temperaturas gélidas que se presentan en algunos aeropuertos, las aeronaves experimentan formación de hielo en dichas superficies; es por ello que equipos altamente calificados y especializados, rocían en el exterior de toda la aeronave, distintos líquidos –algunos grasos- para evitar la formación.

Existen casos documentados por pérdida de control a consecuencia de la formación de hielo y las malas prácticas o toma de decisiones inadecuadas de las tripulaciones que llevaron a estos siniestros.

Según el Manual de Información del Aviador (AIM Airman Information Manual) de la Administración Federal de Aviación (FAA), existen a determinar cuatro niveles de formación de hielo por su severidad:

  1. Trace
  2. Light
  3. Moderate
  4. Severe

Para una mayor eficacia y actuación del sistema, es importante revisar que las botas se encuentren en perfecto estado, ya que daños como fisuras, cortaduras y el mismo desgaste por uso y tiempo puede causar una deficiencia en el sistema y comprometer a la seguridad del vuelo bajo estas condiciones.

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SALUD

Influencia de los campos magnéticos y eléctricos en la salud humana


A nivel mundial existen numerosos estudios, desde la década del 70 a la fecha sobre los efectos de los campos electromagnéticos.
Los estudios epidemiológicos sobre la leucemia infantil y la exposición residencial a las líneas de alta tensión parecen indicar un aumento de los riesgos y se ha informado de peligros excesivos de leucemia y tumor cerebral. Los resultados de los estudios sobre reproducción, incluyen consecuencias negativas en el embarazo, desórdenes neuroconductuales y una discreta modificación de la fórmula sanguínea.
De los posibles riesgos de cáncer que se discuten hoy día, las leucemias en niños que viven cerca de las líneas de distribución eléctrica son los mejor documentados.
Ya en 1979, Nancy Wertheimer y Ed Leeper (Universidad de Colorado), estudiando casos de leucemia infantil en Denver, descubre una relación entre los casos observados y la proximidad a líneas de alta tensión o de los grandes transformadores (primer estudio epidemiológico sobre el tema).
En 1987, Savitz (Universidad de Carolina del Norte), quien durante siete años realiza estudios de casos de cáncer en menores de 15 años teniendo en cuenta los campos electromagnéticos producidos por electrodomésticos, publica sus resultados: los menores expuestos a campos elevados corren de 1,3 a 1,6 mas riesgos de contraer cáncer que los no expuestos; y en el caso de la leucemia, los riesgos se duplican. Sin embargo, no se han encontrado, todavía vínculo alguno entre el mayor riesgo y los campos eléctricos medidos.
Estudios recientes referidos a casos de Suecia y Dinamarca (1992 / 93) con técnicas mejoradas para la evaluación de las exposiciones han confirmado (en una perspectiva integral) la evidencia de un posible riesgo de cáncer debido a exposición residencial. El estudio sueco encontró un doble riesgo para la leucemia infantil por encima de un nivel histórico calculado de 0,2uT. Se ha calculado que cada año en Suecia hay dos casos de leucemia infantil por estar bajo líneas de fuerza motriz o en su proximidad en un radio de hasta 300 metros (los resultados no fueron publicados en forma completa).
La exposición ocupacional a campos magnéticos es generalmente más alta que la exposición residencial, y los cálculos de riesgo de leucemia y de tumores cerebrales también dan valores superiores para trabajadores expuestos que para niños que viven próximos a las líneas de fuerza motriz.
El Departamento de Energía de Orlando, EE.UU., comprobó (en 1992) el efecto sinérgico entre ruido, contaminantes químicos y radiación electromagnética con serias consecuencias en los primeros estadios de la gestación.
Según estudios realizados en Finlandia, se verificó que aumentaba la incidencia de pérdidas tempranas de embarazo entre mujeres que estaban expuestas a campos magnéticos de 50 Hz en sus hogares.
Existen estudios tendientes a relacionar la génesis de las leucemias con la exposición a radiaciones, así, el Dr. H. von Melchner afirma que: experimentos en animales no dejan dudas acerca del efecto leucemogeno de los rayos ionizantes…” y agrega además que “… la correlación humano-patológica de tal tipo de transformación se encuentra en la frecuente incidencia de leucemia, altamente significativa desde el punto de vista estadístico, en niños de madres que estuvieron expuestas durante el embarazo a radiaciones ionizantes”.
Se sabe que los rayos ionizantes inhiben la producción de melatonina, que es el principal asimilador de hidróxilo radical (-H) libre, ión que daña el ADN. Entonces si se suprime la melatonina el ADN queda más vulnerable al ataque oxidante. produciéndose una mayor incidencia de cáncer en cualquier tejido.
Gracias a la energía nuclear y otros simpáticos ingenios descubiertos por el hombre, hoy son bien conocidos los efectos provocados por las radiaciones ionizantes. Las no ionizantes (infrarrojo, microondas, teléfono celular, aspiradoras, abridores de latas, emisoras y retrasmisoras radiales, etc), en cambio se encuentran todavía en el campo de la discusión, en la que algunos anuncian riesgosos efectos en el ser humano, y otros lo contradicen.
En la actualidad no se pueden realizar trabajos en la Argentina de este tipo por inconvenientes presupuestarios; pero personal idóneo, no falta. La Dirección Nacional de Calidad Ambiental dependiente de la Secretaría de Salud, realizó en 1988 un estudio sobre “radiación electromagnética no ionizante”. Se establecen ciertas normas, tiempo de exposición y características de las mismas; con gráficos estadísticas y normativa internacional sobre el tema. Este estudio establece en su prólogo que “la exposición de la población en general causada por fuentes artificiales de radiaciones de radiofrecuencia y microondas excede hoy día considerablemente la provocada por fuentes naturales”.
El vertiginoso incremento de estas fuentes de radiación probablemente llegue a producir una contaminación electromagnética. Y que hoy en día ya hay pruebas aunque escasas de los efectos en el hombre debido a exposición aguda, excesiva y accidental. El informe hace hincapié en la radiación por microondas, antenas de radio y TV y en la de radares.
Uno de los autores del estudio el Ingeniero Jorge Skvarca, titular del departamento de radiofísica sanitaria del organismo citado manifestó que “…todavía está en discusión cual es el alcance de los efectos de este tipo de radiaciones..”.
El hombre viene manejando despreocupadamente, el paisaje siempre el mismo, grandes extensiones de campo algunos árboles y más adelante paralela a la ruta, enormes estructuras metálicas unidas entre sí por gruesas líneas negras que cortan el cielo en dos.
Al mirar el velocímetro del automóvil vé con sorpresa que la aguja marca una velocidad a la que no está marchando; y que todos los instrumentos electrónicos del automóvil se enloquecen como si fuera un sueño de platillos voladores o el triángulo de las Bermudas, pero basta una mirada a las torres de alta tensión que aparecen a los costados para encontrar una razón lógica al problema.
Este hipotético caso, llevó en Francia a los fabricantes de automóviles a colocar un Citroen CX bajo una línea de alta tensión (420Kv) durante 48 hs; resultado: la memoria del sistema de inyección fue afectada.
Resulta paradójico, también, que las grandes centrales eléctricas emitan menor radiación que los electrodomésticos que la gente manipula a diario. La respuesta es sencilla: las grandes centrales, poseen las aislaciones y blindajes requeridos por las normas internacionales, en tanto que los electrodomésticos vienen protegidos con carcazas plásticas o metálicas de dudosa efectividad.
En los electrodomésticos tenemos como más riesgosos los que poseen motor eléctrico giratorio, licuadoras, lavarropas, molinillos de café, secadores de pelo y otros. Aunque también emiten radiaciones no ionizantes las pantallas de computadoras, los hornos microondas y los sistemas de comunicaciones, como las antenas de transmisión de canales de TV y radio y los radares de uso civil y militar.
Lo cierto es que, mientras no se establezcan cuales son los efectos reales de la contaminación eléctrica, las lavadoras, secadores de pelo, computadoras, estufas de cuarzo permanecerán en capilla y todo electrodoméstico seguirá siendo culpable, hasta que demuestre lo contrario.
Existe una teoría que dice que esos campos podrían introduccir alteraciones en los pequeños campos electromagnéticos propios del organismo humano. Todavía no se ha demostrado, pero producirían transformaciones en el estado anímico de las personas.
Científicos de la Comisión Nacional de Protección Radiológica de Inglaterra, dieron a conocer un estudio que demuestra que la exposición a campos electromagnéticos puede producir una severa pérdida de la memoria. Los experimentos fueron efectuados en 48 ratones, en los que fundamentalmente se registraron fallas en la memoria de corto plazo, además de dificultades para aprender destrezas.
En el trabajo se utilizaron solamente campos magnéticos como los que emiten las líneas de energía. Se trata de la primera investigación que revelaría de manera concluyente sus efectos sobre la salud.
Resultados que seguramente reavivarán la polémica en torno de los campos magnéticos y sus posibles daños.
Los especialistas británicos consideran que las conclusiones del estudio pueden aplicarse a los humanos. Pero al mismo tiempo relativizan su hallazgo: los ratones analizados fueron sometidos a poderosísimos campos magnéticos, que alternaban a 50 ciclos por segundo, y en plazos cortos (45 minutos cada vez).

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CIENCIAS

El genio español de la Física: “Mi profesor decía que tenía el peor cociente intelectual de clase”

Cuando era niño, el científico británico John Gurdon fue calificado con un dos sobre 50 en un examen. Su profesor escribió sobre él: «A menudo se encuentra perdido, porque no escucha. Insiste en hacer las cosas a su manera. Me ha llegado la noticia de que quiere ser científico. En las circunstancias actuales, me parece algo ridículo. Sería una pura pérdida de tiempo no sólo para él, sino también para los que deberán enseñarle».

Cuando era niño, el científico español Javier Tamayo suspendía seis en segundo de ESO. Su profe-sor le hizo levantarse en el aula con 12 años junto a otro chico: «Ustedes dos son los alumnos con el cociente intelectual más bajo de la clase. Es mejor que dejen los estudios de una vez y se dediquen a trabajar».

El prestigioso premio de Física que acaba de ganar el segundo no tiene nada que ver con el Nobel de Medicina que ganó el primero en 2012.

Javier no es John.

Tamayo no es Gurdon.

Madrid no es el pueblo de Eton (Inglaterra).

La Complutense no es Cambridge.

Hablamos de generaciones distintas, sí.

Pero valga el paralelismo entre ambas anécdotas para pintar una línea en el suelo con la que arrancar esta historia: ahí fuera (incluso lejos del microscopio), las cosas no son lo que parecen.

Y menos los niños.

(…)

Si a su hijo le dicen que no sirve para estudiar pero lo que en realidad le sucede es que es disléxico; si nadie le ayuda con ello y en la escuela le piden que repita curso a los siete años; si es expulsado con preocupante frecuencia al pasillo; si es un abonado seguro a los exámenes de recuperación; si recuerda la enseñanza que tuvo en la escuela como una «humillación»; si ocurre todo eso, decimos, siempre se puede rebelar contra todo y contra todos acordándose de Javier Tamayo.

Sucedió el pasado 12 de diciembre en Madrid. El mejor físico español recogía el galardón más importante de su disciplina: el Premio Física, Innovación y Tecnología concedido por la Real Sociedad Española de Física (RSEF) y la Fundación BBVA. Su equipo creó hace años un microchip capaz de detectar el sida a la semana de contagio. Ahora había desarrollado unos dispositivos ultrasensibles para rastrear huellas de tumores en estadios tempranos. Le tocaba hablar. Estaba su familia delante. Su discurso transcurría con normalidad hasta que, a la hora de los agradecimientos, abrió un melón que jamás había tocado.

«A mi profesor de Física que, con 15 años, cambió mi magnífica trayectoria de fracaso escolar y terror de mi colegio en un decente estudiante de Física. Gracias. Problemas como la dislexia, la hiperactividad o la falta de atención todavía no son bien tratados y son una fuente de talento que se desperdicia. O lo que es peor, dan lugar a problemas emocionales y de autoestima que acompañan toda la vida».

El primer Javier habría salido boca abajo en un reportaje sobre fracaso escolar. Uno de esos bad boys incomprendidos en los tumultuosos ochenta. Por entonces, la atención diversificada era una entelequia y a los chicos con inteligencias distintas como la de Javier se les pasaba el cortacésped por encima. Mejor nos lo cuenta él.

«Era disléxico y aquello me generaba muchas dificultades. La EGB fue una cosa extraña. Estuve a punto de repetir primero de EGB. Estaba entre lo peor del colegio. Y eso me lo repetían constantemente. Con 10 años ya llevaba una trayectoria de ser expulsado, de sufrir ciertas humillaciones por el profesorado, te conviertes en un outsider. Pasaba mucho tiempo fuera de clase, dando vueltas sólo por el patio. El caso es que al principio era un niño tranquilo, sin ninguna identidad. Hasta que de repente, como escuchas que no vales nada, te pones a hacer tonterías para ser alguien».

El segundo Javier ha salido siempre boca arriba. Que si sus investigaciones contra las enfermedades. Que si sus publicaciones en Nature nanotechnology. Que si su trabajo junto a Priscila Kosaka. Que si sus estudios sobre las propiedades mecánicas de los virus. Ahora por sus avances en la detección tempranísima del cáncer. Mejor nos lo cuenta él.

«¿Cómo lo explicaría? En la sangre hay un montón de cosas: glóbulos blancos, rojos, proteínas… Todo está en concentraciones normales hasta que la persona enferma. Los biomarcadores actuales se manifiestan cuando la enfermedad está bastante desarrollada. Lo que hemos logrado es una tecnología que tiene una sensibilidad brutal con la que puedes encontrar una aguja en un pajar. Estos dispositivos serían capaces de detectar las proteínas que libera el tumor en su estadio más temprano y contribuir a un diagnóstico muy precoz».

Javier y el suspenso. Javier y el sobresaliente. Y la mezcla de los dos Javieres -la que nunca cuenta- la tenemos aquí hoy.

-¿Alguna vez pensaste que llegarías a esto?

Cuando has sido un perdedor toda tu vida, estás más acostumbrado al fracaso que a otra cosa. De hecho, a veces, me sienta mal el éxito.

-¿Y eso?

-No me sienta bien esa ropa, no sé.

-…

-Mi historia escolar es una historia de fracaso. De escuchar que no vales para nada… Yo, hasta hace muy poco, no he logrado disfrutar de la ciencia. Cuando no tienes autoestima, siempre te pones en duda. Si algo sale mal, te dices que tú lo has hecho mal. Es un tormento. Al final, los que te han puteado son voces en tu cabeza. El trauma infantil no se pasa en tu vida. Vives con escenas como aquella.

La escena.

Transcurre en un colegio religioso cuyo nombre nos pide que omitamos y que está por el barrio madrileño de Ventas. El profesor es un cura que también es director del centro. Ya están los resultados de los test de inteligencia de los alumnos. Coge la lista. Sonríe. Cita a Javier y a otro chico llamado Martín. Sonríe. Les comunica delante de todos lo que son: lo peor de la clase. Sonríe. Les invita a que dejen los estudios. «Como el que te hace un favor». Sonríe.

Han pasado más de 35 años desde entonces. O eso dicen las leyes del espacio y del tiempo. Pero no.

«Siempre. Siempre llevo en la mochila aquella escena».

(…)

Estamos en el Instituto de Micro y Nanotecnología del CSIC.

No sabemos lo que llevará hoy en la mochila, pero el jefe del equipo de investigación de Bionanomecánica tiene el despacho como si le hubiese dado la vuelta a una bien grande y la hubiera desperdigado por ahí. Papeles con secuencias de datos. Dos pares de zapatillas deportivas sobre la mesa. Un recipiente con almendras peladas al lado. Una pizarra ininteligible con anotaciones en rotulador. Una pantalla encendida donde investiga el «temblor de las células tumorales». Música punk en su lista de Spotify. La imagen de Epi y Blas en la pared. Y Spiderman en el armario, enredándolo todo.

Si ésta fuese una entrevista sobre ciencia, abundaríamos en lo que nos cuenta. Cosas como: «Nos metimos muchas hostias hasta que hubo una cosa que empezó a funcionar en 2014». Cosas como: «Nuestra previsión es que este avance pueda aplicarse en cinco años». Como: «Lo repetimos infinidad de veces, los físicos somos unos locos de la repetición, y salía bien». Cosas como: «Al científico español se lo rifan en el extranjero por su capacidad de trabajo». Cosas como: «A un bombero le dan una manguera. Nosotros sacamos nuestra plaza, pero no tenemos cosas para investigar».

Pero esto es una crónica sobre la infancia y la superación. Así que volvamos a Javier uno.

-En Secundaria la cosa cambió.

-¿A mejor?

-A peor… Me quedaban seis o siete. Empezó mi vena un poco más salvaje en el BUP. Pasaba de las humillaciones: cosas como mandarme a casa porque no me sabía el Credo. Todo acabó siendo machacante. Te metes en una burbuja y lo vas llevando. Me sentía vacío, solo, sin identidad. Ya tenía un montón de expedientes. Por cosas como entrar en el colegio de noche, beber en el recreo o coger una moto y tirarla a un contenedor.Hay un momento en que mi padre lo está pasando mal. No le va bien en la empresa, no hay dinero, tiene problemas en el corazón… Yo decía que, si se moría mi padre, yo me moría. Sentía mucha vergüenza de mí mismo cuando venían los test de inteligencia, no tenía narices para enseñárselos a mi padre. Me sentía la última mierda.

(…)

Entonces aparece un profesor de Física en 3º de BUP. No uno con la pasión vocacional del Robin Williams de El club de los poetas muertos, no. Sino uno que se ponía a leer el Abc en clase, mientras él fumaba Ducados y los alumnos resolvían los problemas con Javier al fondo.

«Yo apenas estudiaba su asignatura. Hacía los exámenes como el que hace un pasatiempo. Me entretenía. Un día me dijo algo que me repitió más veces. Algo que lo cambió todo: ‘Esto se te da muy bien, chaval. Si hicieras Física, tendrías la vida resuelta’».

Y así llegamos a Javier dos.

El COU fue exitoso. La carrera fue en la Complutense. La meningitis fue cuando hacía la tesis sobre el microscopio de fuerzas atómicas. La especialización fue en Bristol. La paternidad fue hace ocho y 12 años. Aquella frase del profesor Julián también va en la mochila.

«Las ideas locas son muy necesarias», repite Javier. Por eso hace muchas cosas por probar.

Como cuando al hijo que le daba vergüenza su cociente intelectual se le murió el padre. De cáncer de vejiga. Y, a los pocos meses -siendo físico y no médico-, se puso a probar cosas contra la enfermedad.

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