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CIENCIAS

Hito arqueológico: Identifican un antepasado humano de hace 160.000 años hallado en el Tíbet

Según los científicos, se trata del fósil de un denisovano, un tipo de homínido descubierto por primera vez en las cuevas de Denísova, en Siberia.

Científicos reportan que una mandíbula hallada en el Tíbet pertenecía a un denisovano de hace 160.000 años, según un estudio publicado en la revista Nature.

Se trata de la primera evidencia de esta especie encontrada fuera de las Cuevas de Denisova, en Siberia.

El fósil fue escubierto en 1980 por un monje local en el condado chino de Xiahe, pero solo ahora los científicos han logrado realizar el análisis de una proteína antigua extraída del fósil e identificar a la especie.

“La mandíbula de Xiahe probablemente representa el fósil homínido más antiguo de la Meseta tibetana”, explica el autor del estudio, Fahu Chen. Según el experto, este antepasado ya se había adaptado a vivir en este ambiente de elevada altitud y bajo de oxígeno, mucho antes de que el Homo sapiens llegara a la región.

Los investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva opinanque esta mandíbula tuvo que pertenecer a una población relacionada estrechamente con los habitantes de las Cuevas de Denísova.

Los denisovanos, también conocidos como ‘hombres de Denísova’, son una especie aún bastante enigmática para la ciencia. Se sabe que vivieron en Siberia y que, probablemente, proceden de una separación de la rama del árbol genético de la especie humana que dio origen a los neandertales. Hasta ahora, los únicos fragmentos conocidos de fósiles de este especie habían sido hallados en las Cuevas de Denisova, en Altái (Rusia).

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CIENCIAS

La NASA informó felizmente que la Tierra está más verde y con más árboles que hace 20 años

Este logro fue principalmente gracias a China e India.

El mundo es literalmente un lugar más verde que hace 20 años, y los datos de los satélites de la NASA han revelado una fuente contraintuitiva para gran parte de este nuevo follaje: China e India.

Este sorprendente nuevo estudio muestra que los dos países emergentes con las poblaciones más grandes del mundo están liderando la mejora de la ecologización en la tierra. El efecto se debe principalmente a los ambiciosos programas de plantación de árboles en China y la agricultura intensiva en ambos países. Solo en 2017, India rompió su propio récord mundial para la mayoría de los árboles plantados después de que los voluntarios se reunieron para plantar 66 millones de árboles jóvenes en solo 12 horas.

El fenómeno de la ecologización fue detectado por primera vez por investigadores que usaban datos satelitales a mediados de la década de 1990, pero no sabían si la actividad humana era una de sus principales causas directas.

Esta nueva visión fue posible gracias a un registro de datos de casi 20 años de un instrumento de la NASA que orbita la Tierra en dos satélites. Se llama espectrorradiómetro de imágenes de resolución moderada, o MODIS, y sus datos de alta resolución proporcionan información muy precisa, lo que ayuda a los investigadores a descubrir los detalles de lo que está sucediendo con la vegetación de la Tierra, hasta el nivel de 500 metros, o aproximadamente 1,600 pies, en el suelo.

En conjunto, el enverdecimiento del planeta en las últimas dos décadas representa un aumento en el área de las hojas en plantas y árboles equivalente al área cubierta por todas las selvas tropicales del Amazonas. Actualmente hay más de dos millones de millas cuadradas de área de hoja verde adicional por año, en comparación con los primeros años de la década de 2000, lo que equivale a un aumento del 5%.

“China y la India representan un tercio de la ecologización, pero contienen solo el 9% de la superficie terrestre del planeta cubierta de vegetación, un hallazgo sorprendente, considerando la noción general de degradación de la tierra en países populosos debido a la sobreexplotación”, dijo Chi Chen del Departamento de Tierra y Medio Ambiente de la Universidad de Boston y autor principal del estudio.

Una ventaja del sensor satelital MODIS es la cobertura intensiva que brinda, tanto en el espacio como en el tiempo: MODIS ha capturado hasta cuatro tomas de cada lugar de la Tierra, todos los días durante los últimos 20 años.

La NASA informó felizmente que la Tierra está más verde y con más árboles que hace 20 años-NATION


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CIENCIAS

El genio español de la Física: “Mi profesor decía que tenía el peor cociente intelectual de clase”

Cuando era niño, el científico británico John Gurdon fue calificado con un dos sobre 50 en un examen. Su profesor escribió sobre él: «A menudo se encuentra perdido, porque no escucha. Insiste en hacer las cosas a su manera. Me ha llegado la noticia de que quiere ser científico. En las circunstancias actuales, me parece algo ridículo. Sería una pura pérdida de tiempo no sólo para él, sino también para los que deberán enseñarle».

Cuando era niño, el científico español Javier Tamayo suspendía seis en segundo de ESO. Su profe-sor le hizo levantarse en el aula con 12 años junto a otro chico: «Ustedes dos son los alumnos con el cociente intelectual más bajo de la clase. Es mejor que dejen los estudios de una vez y se dediquen a trabajar».

El prestigioso premio de Física que acaba de ganar el segundo no tiene nada que ver con el Nobel de Medicina que ganó el primero en 2012.

Javier no es John.

Tamayo no es Gurdon.

Madrid no es el pueblo de Eton (Inglaterra).

La Complutense no es Cambridge.

Hablamos de generaciones distintas, sí.

Pero valga el paralelismo entre ambas anécdotas para pintar una línea en el suelo con la que arrancar esta historia: ahí fuera (incluso lejos del microscopio), las cosas no son lo que parecen.

Y menos los niños.

(…)

Si a su hijo le dicen que no sirve para estudiar pero lo que en realidad le sucede es que es disléxico; si nadie le ayuda con ello y en la escuela le piden que repita curso a los siete años; si es expulsado con preocupante frecuencia al pasillo; si es un abonado seguro a los exámenes de recuperación; si recuerda la enseñanza que tuvo en la escuela como una «humillación»; si ocurre todo eso, decimos, siempre se puede rebelar contra todo y contra todos acordándose de Javier Tamayo.

Sucedió el pasado 12 de diciembre en Madrid. El mejor físico español recogía el galardón más importante de su disciplina: el Premio Física, Innovación y Tecnología concedido por la Real Sociedad Española de Física (RSEF) y la Fundación BBVA. Su equipo creó hace años un microchip capaz de detectar el sida a la semana de contagio. Ahora había desarrollado unos dispositivos ultrasensibles para rastrear huellas de tumores en estadios tempranos. Le tocaba hablar. Estaba su familia delante. Su discurso transcurría con normalidad hasta que, a la hora de los agradecimientos, abrió un melón que jamás había tocado.

«A mi profesor de Física que, con 15 años, cambió mi magnífica trayectoria de fracaso escolar y terror de mi colegio en un decente estudiante de Física. Gracias. Problemas como la dislexia, la hiperactividad o la falta de atención todavía no son bien tratados y son una fuente de talento que se desperdicia. O lo que es peor, dan lugar a problemas emocionales y de autoestima que acompañan toda la vida».

El primer Javier habría salido boca abajo en un reportaje sobre fracaso escolar. Uno de esos bad boys incomprendidos en los tumultuosos ochenta. Por entonces, la atención diversificada era una entelequia y a los chicos con inteligencias distintas como la de Javier se les pasaba el cortacésped por encima. Mejor nos lo cuenta él.

«Era disléxico y aquello me generaba muchas dificultades. La EGB fue una cosa extraña. Estuve a punto de repetir primero de EGB. Estaba entre lo peor del colegio. Y eso me lo repetían constantemente. Con 10 años ya llevaba una trayectoria de ser expulsado, de sufrir ciertas humillaciones por el profesorado, te conviertes en un outsider. Pasaba mucho tiempo fuera de clase, dando vueltas sólo por el patio. El caso es que al principio era un niño tranquilo, sin ninguna identidad. Hasta que de repente, como escuchas que no vales nada, te pones a hacer tonterías para ser alguien».

El segundo Javier ha salido siempre boca arriba. Que si sus investigaciones contra las enfermedades. Que si sus publicaciones en Nature nanotechnology. Que si su trabajo junto a Priscila Kosaka. Que si sus estudios sobre las propiedades mecánicas de los virus. Ahora por sus avances en la detección tempranísima del cáncer. Mejor nos lo cuenta él.

«¿Cómo lo explicaría? En la sangre hay un montón de cosas: glóbulos blancos, rojos, proteínas… Todo está en concentraciones normales hasta que la persona enferma. Los biomarcadores actuales se manifiestan cuando la enfermedad está bastante desarrollada. Lo que hemos logrado es una tecnología que tiene una sensibilidad brutal con la que puedes encontrar una aguja en un pajar. Estos dispositivos serían capaces de detectar las proteínas que libera el tumor en su estadio más temprano y contribuir a un diagnóstico muy precoz».

Javier y el suspenso. Javier y el sobresaliente. Y la mezcla de los dos Javieres -la que nunca cuenta- la tenemos aquí hoy.

-¿Alguna vez pensaste que llegarías a esto?

Cuando has sido un perdedor toda tu vida, estás más acostumbrado al fracaso que a otra cosa. De hecho, a veces, me sienta mal el éxito.

-¿Y eso?

-No me sienta bien esa ropa, no sé.

-…

-Mi historia escolar es una historia de fracaso. De escuchar que no vales para nada… Yo, hasta hace muy poco, no he logrado disfrutar de la ciencia. Cuando no tienes autoestima, siempre te pones en duda. Si algo sale mal, te dices que tú lo has hecho mal. Es un tormento. Al final, los que te han puteado son voces en tu cabeza. El trauma infantil no se pasa en tu vida. Vives con escenas como aquella.

La escena.

Transcurre en un colegio religioso cuyo nombre nos pide que omitamos y que está por el barrio madrileño de Ventas. El profesor es un cura que también es director del centro. Ya están los resultados de los test de inteligencia de los alumnos. Coge la lista. Sonríe. Cita a Javier y a otro chico llamado Martín. Sonríe. Les comunica delante de todos lo que son: lo peor de la clase. Sonríe. Les invita a que dejen los estudios. «Como el que te hace un favor». Sonríe.

Han pasado más de 35 años desde entonces. O eso dicen las leyes del espacio y del tiempo. Pero no.

«Siempre. Siempre llevo en la mochila aquella escena».

(…)

Estamos en el Instituto de Micro y Nanotecnología del CSIC.

No sabemos lo que llevará hoy en la mochila, pero el jefe del equipo de investigación de Bionanomecánica tiene el despacho como si le hubiese dado la vuelta a una bien grande y la hubiera desperdigado por ahí. Papeles con secuencias de datos. Dos pares de zapatillas deportivas sobre la mesa. Un recipiente con almendras peladas al lado. Una pizarra ininteligible con anotaciones en rotulador. Una pantalla encendida donde investiga el «temblor de las células tumorales». Música punk en su lista de Spotify. La imagen de Epi y Blas en la pared. Y Spiderman en el armario, enredándolo todo.

Si ésta fuese una entrevista sobre ciencia, abundaríamos en lo que nos cuenta. Cosas como: «Nos metimos muchas hostias hasta que hubo una cosa que empezó a funcionar en 2014». Cosas como: «Nuestra previsión es que este avance pueda aplicarse en cinco años». Como: «Lo repetimos infinidad de veces, los físicos somos unos locos de la repetición, y salía bien». Cosas como: «Al científico español se lo rifan en el extranjero por su capacidad de trabajo». Cosas como: «A un bombero le dan una manguera. Nosotros sacamos nuestra plaza, pero no tenemos cosas para investigar».

Pero esto es una crónica sobre la infancia y la superación. Así que volvamos a Javier uno.

-En Secundaria la cosa cambió.

-¿A mejor?

-A peor… Me quedaban seis o siete. Empezó mi vena un poco más salvaje en el BUP. Pasaba de las humillaciones: cosas como mandarme a casa porque no me sabía el Credo. Todo acabó siendo machacante. Te metes en una burbuja y lo vas llevando. Me sentía vacío, solo, sin identidad. Ya tenía un montón de expedientes. Por cosas como entrar en el colegio de noche, beber en el recreo o coger una moto y tirarla a un contenedor.Hay un momento en que mi padre lo está pasando mal. No le va bien en la empresa, no hay dinero, tiene problemas en el corazón… Yo decía que, si se moría mi padre, yo me moría. Sentía mucha vergüenza de mí mismo cuando venían los test de inteligencia, no tenía narices para enseñárselos a mi padre. Me sentía la última mierda.

(…)

Entonces aparece un profesor de Física en 3º de BUP. No uno con la pasión vocacional del Robin Williams de El club de los poetas muertos, no. Sino uno que se ponía a leer el Abc en clase, mientras él fumaba Ducados y los alumnos resolvían los problemas con Javier al fondo.

«Yo apenas estudiaba su asignatura. Hacía los exámenes como el que hace un pasatiempo. Me entretenía. Un día me dijo algo que me repitió más veces. Algo que lo cambió todo: ‘Esto se te da muy bien, chaval. Si hicieras Física, tendrías la vida resuelta’».

Y así llegamos a Javier dos.

El COU fue exitoso. La carrera fue en la Complutense. La meningitis fue cuando hacía la tesis sobre el microscopio de fuerzas atómicas. La especialización fue en Bristol. La paternidad fue hace ocho y 12 años. Aquella frase del profesor Julián también va en la mochila.

«Las ideas locas son muy necesarias», repite Javier. Por eso hace muchas cosas por probar.

Como cuando al hijo que le daba vergüenza su cociente intelectual se le murió el padre. De cáncer de vejiga. Y, a los pocos meses -siendo físico y no médico-, se puso a probar cosas contra la enfermedad.

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