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Migue Guerrero

Recuerdos de una mañana en primavera. Por Miguel Guerrero   |

La brisa primaveral acariciaba los rostros aquella mañana de mayo. Era sábado y desde temprano las calles de Manhattan cobraban actividad. Los oblicuos rayos de un luminoso sol avivaban los colores. Una oculta alegría parecía brotar de algún lugar en los rostros adustos de los apresurados transeúntes.

El sonido de los cláxones y los chirridos de los autobuses al frenar en una parada, ahogaban el débil eco de la risa de la muchachada correteando en la plaza cercana. Un anciano harapiento consolaba su soledad contando las monedas que la escasa caridad humana, en aquella gigantesca ciudad de mármol y concreto, había esparcido en su viejo y carcomido sombrero de fieltro, recuerdo quizás de un próspero pasado.

En los ojos enrojecidos de aquella pareja que casi me tumba al pasar, podían leerse los efectos de una sobredosis de algún barbitúrico comprado sin receta. New York era más que un conjunto de bloques y muchedumbre sujetas a un horario riguroso aquella mañana soleada. Nunca estuvo New York más esplendorosa que aquella mañana de mayo.

Vestido a la vieja usanza militar, con un raído gorro confederado y una camiseta de un rojo subido, aquel extraño hombre de expresión lejana, desmontó en la acera del banco un extraño instrumento de metal, reluciente como la plata. Su débil figura encorvada era tan triste como su mirada, pero lo era más aún su música.

Con una suave habilidad manejaba dos largos palos terminados en bolas de gomas que al caer sobre la superficie irregular de aquel instrumento, dejaban escapar los acordes de una monótona y sobrecogedora melodía. La brisa de mayo esparcía rápidamente los sonidos varias cuadras más allá de mis oídos de caminante.

Había en esa música que me atrajo con tanta fuerza un extraño mensaje de dolor y alegría, de miedo y esperanza.

Alrededor del hombre fue reuniéndose la gente. Parados como momias pasaban allí minutos y minutos, consumiendo su tesoro en una ciudad apremiada por el tiempo. Una elegante dama salió del banco, echó sobre la cesta un billete de cinco dólares, abordó en silencio una limusina negra parqueada en la calle y miró antes de partir al encorvado hombrecito que seguía allí tocando sin cesar su extraña melodía.

La música parecía tan negra como su piel, pero estaba sin duda por encima del color y de mis sentidos. Era la expresión de un lejano sufrimiento.

Hablaba quizá de un viejo sueño perdido y producía una sensación tan triste como las arrugas que surcaban su frente; pero era a la vez reconfortante. Podía hacerle sentir a uno agitado y calmo al mismo tiempo. No sé por qué seguía parado allí sin poder moverme, como electrizado por esos acordes monótonos y prolongados.

El hombre se fue quedando solo. Al mediodía, el sonido de la ciudad apagaba el de su metálico tambor. Sus brazos cansados por el esfuerzo podían apenas moverse sobre el instrumento. El último de los espectadores se retiró. Entonces recogió la cesta, vertió su contenido en un bolsillo y echó a andar.

Dos cuadras más allá, un niño le esperaba sentado sobre una silla de ruedas. El negro sacó unas monedas y compró un café para él y una manzana y unas flores para el muchacho. Alzando sus ojos cerrados, el niño se dirigió a él sin poder verle.

Silbando la misma canción condujo al niño hacia el parque. Entonces entendí el mensaje de su música. Ahora el hombre sonreía y jugueteaba pero era todavía triste su melodía. Entre las flores de mil tonalidades que crecían bajo aquel sol resplandeciente de primavera, se podía escuchar en su música el llanto de un niño que había muerto sin perder la esperanza.

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Migue Guerrero

¿Qué es un líder político y qué función tiene en su partido y en su país? Por Juan Bosch

Si nos limitamos a estudiar el problema del liderazgo en la República Dominicana, después de la muerte de Trujillo y dentro del campo de los partidos que el pueblo reconoció, aunque fuera por un tiempo breve, como opuestos al sistema que implantó Trujillo, debemos preguntarnos y respondernos porqué desde principios de julio de 1961 hasta ahora se formaron y desaparecieron en nuestro país tantos partidos y grupos, y por qué con ellos surgieron tantos aspirantes a líderes que no tardaron en volver a la oscuridad política en que habían vivido o se retiraron a posiciones modestas en la vida pública.
El que busque la respuesta a esas preguntas fuera de las ciencias políticas se dedicará a enumerar una por una todas las que considere que fueron debilidades de carácter o fallas de la inteligencia de esos aspirantes a líderes que actuaron en nuestro país a partir de julio del 1961. ¿Y qué haría con eso?
¿Lograría hallar una explicación para el fracaso de esos aspirantes a líderes? No la hallaría, porque la explicación del fracaso (o de los fracasos) tiene que ser elaborada analizando, en primer lugar, no a los aspirantes a líderes sino a la sociedad dominicana, tal como ésta ha venido siendo desde el mes de julio de 1961, y al decir que “ha venido siendo” se deja dicho que desde entonces acá en ella se han operado cambios de esos que se ven (es decir, en cantidad o cuantitativos) y de los que no se ven (es decir, en calidad o cualitativos).
Tal como lo dijo hace muchísimos años Jorge Plejánov (El papel del individuo en la Historia,Editorial Grijalbo, S. A., México, D. F. 1960, p.61). “Sabemos ahora que los individuos ejercen frecuentemente una gran influencia en el destino de la sociedad, pero (sabemos también) que esa influencia está determinada por la estructura interna de aquella (sociedad)y por su relación (la de esa sociedad) con otras sociedades”.
Y como eso que dijo Plejánov es una verdad científica, o mejor dicho, una verdad científica en parte, debemos saber si algunos de los que han tenido influencia en nuestro país, después de la muerte de Trujillo, ejerciendo funciones de líderes, han actuado correctamente; y para saber eso debemos saber antes cómo ha sido la sociedad dominicana de entonces para acá, cuál ha sido su estructura interna en cada momento y cuál ha sido su relación con otras sociedades.
El conocimiento de la sociedad tiene que ser previo al de sus líderes debido a que estos sólo pueden desarrollarse a cabalidad cuando hayan actuado en consonancia con la realidad dominicana. Al darse esa consonancia, la voz popular dice que el líder o los líderes que la lograron “son los que mejor expresan las aspiraciones del pueblo”; y con esas palabras se destaca el hecho de que nadie puede superar al pueblo en el conocimiento profundo de la realidad nacional porque él vive esa realidad día a día de manera práctica, o bien cosechando los beneficios que le puede proporcionar esa realidad o bien padeciendo los males que ella le produce, según sea la posición que ocupa cada quien en la sociedad.
Puesto que hemos caído en mencionar la posición que ocupa cada quien en la sociedad, hemos entrado en el problema de las clases que forman la sociedad dominicana, y necesariamente tenemos que caer también en el problema de la ideología de esas clases. Precisamente, por no haberse referido a las clases en la frase suya que aparece en este artículo, se explicó hace un momento que Plejánov dijo una verdad científica, pero sólo en parte.
Para decir toda la verdad científica en el caso del papel que juegan en la historia algunos hombres, Plejánov debió aclarar que él se refería a los hombres que actúan en favor del proceso revolucionario, porque sucede que hay momentos históricos en que un pueblo tiene a la vez líderes revolucionarios y líderes contrarrevolucionarios; unos al servicio de las clases y las capas que reclaman una revolución y otros al servicio de las clases y las capas y los países colonialistas (o uno de estos) que imponen la contrarrevolución a cañonazos. Tal es el caso de la China, que ha tenido a un tiempo y durante largos años a Mao Tse Tung y a Chiang Kai-shek, cada uno de ellos líder de una parte del pueblo chino; Mao Tse Tung, líder de las masas revolucionarias, y Chiang Kai-shek, líder de las clases opresoras. Esos dos hombres han ejercido “una gran influencia en el destino” de dos porciones diferentes de la sociedad china; pero por razones de clase uno —Mao Tse Tung— la ha ejercido en provecho del pueblo y el otro —Chiang Kai-Shek— la ha ejercido en provecho de una minoría privilegiada y del gran capital norteamericano.
Un aspirante a líder, y aun un líder de una clase determinada o de una alianza de clases, puede tener excelentes condiciones de carácter y de inteligencia, y sin embargo puede fracasar, en el sentido de que puede hacerle mucho daño a su pueblo si no comprende cuál es en tal o cual momento lo que Plejánov llama “la estructura interna” de la sociedad en que actúa. Ese líder puede estar actuando con la idea de que se halla al servicio del pueblo, y es posible que lo que esté haciendo sea perjudicial para el pueblo. Esto sucede de vez en cuando, y ha sucedido en la República Dominicana precisamente en el período a que se contrae este artículo. Ahora bien, puede afirmarse que cuando se dan esos casos de confusión, detrás de ellos hay razones de clases; a veces razones de clases muy ocultas, pero al fin y al cabo, razones de clases.
Por ejemplo, en la sociedad dominicana de mediados del año 1961 los líderes marxistas se dejaron convencer de que el problema que afectaba fundamentalmente al pueblo era de carácter político, cuando lo cierto era que para las grandes masas el problema fundamental era de tipo social. A lo que aspiraban esas grandes masas era a tener libertades sociales, no a tener libertades políticas. Para esas masas, la actividad política sólo tenía razón de ser si conducía a la conquista de un nivel social y económico más alto.
Los que deseaban y necesitaban libertades políticas eran aquellos que por privilegios clasistas tenían aseguradas de antemano las libertades sociales. Los líderes de la derecha que se formaron, o empezaron a formarse, a raíz de la muerte de Trujillo, no podían, naturalmente, luchar para que el pueblo conquistara libertades sociales, porque en la medida en que el pueblo conquistara ese tipo de libertades el sector privilegiado a que ellos pertenecían iría perdiendo privilegios, y no se conoce el caso de ningún sector social privilegiado que luche para quedarse sin esos privilegios. Lo que necesitaba ese sector eran libertades políticas para conquistar el poder a fin de confirmar y ampliar desde el poder esos privilegios; y naturalmente, era lógico que ese sector actuara así. ¿Pero era lógico que los líderes marxistas hicieran lo mismo? De ninguna manera. Si en el año 1961 había en la República Dominicana líderes obligados a llevar la lucha política al terreno social, y a mantenerla en ese terreno costara lo que costara (contra viento y marea, según dice el pueblo), esos eran los de los grupos marxistas.
Hablar de lo que hubiera podido suceder en un país si se hubieran dado tales y cuales circunstancias es una tontería, porque la historia se hace con hechos, no con suposiciones; pero podemos asegurar que en la República Dominicana estaría cantando otro gallo si los líderes marxistas hubieran levantado en el año 1961 la bandera de la lucha social en vez de levantar la de la lucha política; si en vez de acusar a los guardias de haber sido trujillistas les hubieran demostrado que el trujillismo los explotó en provecho del mismo grupo social al cual pertenecían los que estaban predicando un antitrujillismo de arranca pescuezos.
Por razones clasistas, el pueblo dominicano, mayoritariamente pequeño burgués, y sobre todo pequeño burgués de las capas más bajas de la pequeña burguesía, tenía al morir Trujillo una posición ideológica que lo inclinaba a la lucha social, y siguiendo esa fuerza social que él generaba por razones de clase, podía ser conducido a la lucha política, pero por una vía política que le garantizara las conquistas sociales que él buscaba; y era dudoso que nadie pudiera llevarlo a una lucha meramente política contra los llamados restos del trujillismo.
Los que pretendían que el pueblo fuera entonces a esa lucha política desconocían lo que Plejánov llama “la estructura interna” de una sociedad, en este caso, la de la sociedad dominicana de los años inmediatos a la muerte de Trujillo. Una parte de ellos la desconocían porque entre ellos, que se hallaban en el punto más alto de la sociedad, y la gran masa bajo pequeño-burguesa había una distancia social que los separaba de una manera casi absoluta; y los líderes marxistas la desconocían porque siendo ellos como eran, en su mayoría, miembros de las capas más altas de la pequeña burguesía (la mediana y la alta), respondían cabalmente a las siguientes palabras de Marx, que aparecen en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “No hay que compartir la limitada concepción de que la pequeña burguesía tiene por principio querer hacer triunfar un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones particulares de su liberación son las condiciones generales fuera de las cuales la sociedad moderna no puede salvarse…”.
Los líderes marxistas dominicanos de origen pequeño burgués mediano y alto, que habían sufrido en carne propia el maltrato de la dictadura trujillista, creían que “las condiciones particulares de su liberación” requerían la aniquilación total de los restos del trujillismo, y creían que ésas eran también
“las condiciones generales fuera de las cuales la sociedad” dominicana no podía salvarse; y he aquí que por razones de clase absolutamente propias de su condición pequeño-burguesa, coincidían del pe al pa con los líderes de la derecha, que actuaban igualmente por razones de clase, pero de clase en su condición de miembros del sector más alto de los grupos explotadores del pueblo; coincidían con estos y junto con ellos predicaban un antitrujillismo de arranca pescuezos.
Pero no se crea que eso que les sucedía a los líderes marxistas no les sucedía también a muchos del PRD que pertenecían a la mediana y la alta pequeña burguesía. Tampoco esos líderes perredeístas llegaban a conocer “la estructura interna” de la sociedad dominicana; la ignoraban exactamente por las mismas razones que la ignoraban los otros. Y sucedía que como ignoraban “la estructura interna” de nuestra sociedad, creían que la dirección del Partido no estaba expresando la voluntad del pueblo. Para ellos, el pueblo sentía como ellos, pues “las condiciones particulares de su liberación” eran naturalmente las “condiciones generales” de la liberación de todos los dominicanos. ¿Y qué hacían los líderes perredeístas que pensaban así? Lo que hacían era luchar dentro del Partido, y especialmente en el seno de la dirección del partido, para que éste adoptara la misma línea política que tenían los cívicos, los catorcistas y los marxistas…
Entre los estudiosos de las ciencias sociales y políticas que tenemos en la República Dominicana hay algunos, y por ciertos autores de libros, que tienen ideas muy peregrinas acerca de lo que es un líder; de cómo se comporta un líder político dentro de su organización. Para esos señores, un líder es un energúmeno que se les impone mediante el terror a todos los miembros del partido en que ese líder figura. Para esas mentes simples, el líder da a luz una idea política en un momento de inspiraciones más o menos celestial (o diabólicas) y manda y ordena que todo el mundo lo siga; y esto es verdad, sobre todo, según piensan esos señores, en un partido como el PRD.
¿Es correcta esa manera de ver al líder?
No; no es correcta, y menos aún lo es en el caso del PRD, partido poli clasista, como todo partido de liberación nacional; pues allí donde hay representaciones políticas de varias clases sociales (y eso es lo que quiere decir la palabra poli clasista), tiene que haber, y las hay, ideas diferentes; una idea, a lo menos por cada una de las clases representadas en el Partido. Por tanto, en un partido poli clasista no puede haber la dictadura de una clase sobre las demás; a lo sumo puede haber la dirección de una clase sobre las restantes, la de la clase que dirija la lucha de la liberación nacional; y dirección no significa en ningún caso imposición y mucho menos dictadura de una clase. En cierto sentido, un partido poli clasista de liberación nacional es, dentro de los límites de la organización, un ejemplo de dictadura con respaldo popular, puesto que en él todas las clases que lo forman (o para decirlo con más propiedad, todas las representaciones políticas de esas clases) suman sus fuerzas bajo una sola dirección sin que lo hagan bajo coerción, sino antes bien, de manera conscientemente voluntaria.
En un partido como el PRD el líder de más categoría debe tener presente en todas las circunstancias esa especialísima composición política de la organización, y en ningún momento puede proponer medidas que quiebren la unidad voluntaria y consciente de todas las fuerzas que hay en el partido, así como tampoco puede aconsejar que el partido se quede rezagado cuando esas fuerzas se mueven hacia adelante; y en la República Dominicana, país en el que ha habido cambios en “la estructura interna de la sociedad”, las fuerzas políticas reunidas en el PRD han avanzado y están avanzando mas allá de lo que se ve (lo cuantitativo) en el terreno de lo que no se ve (lo cualitativo).
Ni buey desesperado, ni buey cansado
Una de las funciones del líder en un partido como el PRD es precisamente mantener la cohesión de todas las corrientes que lo forman, lo que lo obliga a ser el que exponga en todos los casos la opinión más justa y la proposición más fácil de llevar a la práctica; tiene que ser el que exprese con más precisión y claridad la concepción de estrategia política más convincente para todos los sectores del partido y al mismo tiempo debe ser él quien proponga los procedimientos tácticos más oportunos. Pero si no logra hacer todo eso, entonces debe tener la capacidad necesaria para coordinar las ideas particulares de cada sector de los que forman el partido, y elaborar con ellas una proposición que las contenga a todas.
Es probable que en partidos como el PRD haya a menudo, si no siempre, radicales de derecha y de izquierda que combatan por un extremo y por el otro cualquiera posición; y esos radicales entrarán más tarde o más temprano en conflicto con el líder; y a éste le tocará saber muy bien, muy al dedillo, si esos radicales representan realmente fuerzas dentro del partido o si sólo se representan a sí mismos; porque si representan sectores sociales, una ruptura con ellos será, de hecho, una ruptura con los sectores o las clases a quienes ellos representan; y este tipo de ruptura tiene una importancia política dada; no es la simple expulsión de un individuo de las filas del partido; es algo más, es un divorcio con un sector social.
En el año 1961 y en los primeros meses del año 1962, los dirigentes perredeístas partidarios de que la lucha se mantuviera en el terreno político y no en el social, representaban a los sectores de derechas que había en el PRD; no eran extremistas que sólo se representaban a sí mismos. Estos aparecieron más tarde.
¿Por qué es probable que en un partido como el PRD haya a menudo, si no siempre, radicales de derecha y de izquierda que combaten por un extremo y por la otra cualquier proposición?
Eso sucede a causa de “la estructura interna” de la sociedad dominicana. El predominio de la pequeña burguesía en nuestro país, y dentro de la pequeña burguesía el de las capas que componen la baja pequeña burguesía, lanza hacia la vida política, con la fuerza de una catapulta, a gentes que resultan radicalizadas por la desesperación con que desean resolver sus problemas vitales; y esas personas lo mismo escogen la vía de la revolución a ultranza, la revolución que debe ser hecha aquí y ahora, no mañana, que la vía del servicio a los sectores de la extrema derecha.
Los bajos pequeños burgueses pobres y muy pobres, que son abundantes en la sociedad dominicana, pasan con suma facilidad a ser lumpen-proletarios, y como tales lumpen-proletarios no representan social o políticamente a nadie, pero causan impresión en mucha gente por su audacia y su agresividad; tienen condiciones de líderes para acciones inmediatas, de manera que podrían ser, y lo son, excelentes ejecutantes y buenos tenientes, y si caen bajo influencias de otras organizaciones producen perturbaciones en el partido. Los que escogen la vía de la revolución aspiran a que el partido pase a ser un partido mono clasista, del proletariado, y dentro de los partidos del proletariado, maoísta, y dentro de los partidos maoístas, más radical que todos los conocidos; y otros querrían que el partido se pusiera al servicio de la oligarquía o se dedican ellos mismos a trabajar para la oligarquía dentro de las filas del partido en condición de voceros o propagandistas de los círculos de derechas. Hay casos en que los dirigentes que se pasan a otras fuerzas (y esto sucede casi exclusivamente con los que se pasan a fuerzas de derechas) no proceden de la baja pequeña burguesía y son personas que ejercen la actividad política como una profesión que debe proporcionarles bienestar económico. El pueblo dominicano conoce los nombres de algunos dirigentes importantes del PRD que han tenido que salir del partido o han sido expulsados de sus filas, unos por sus tendencias derechistas y otros por su revolucionarismo a ultranza.
Presionado de un lado y del otro por los que desearían que el partido se pusiera al servicio de la oligarquía y por los que querrían lanzarlo a una guerra de guerrillas sin perspectivas de triunfar, el liderazgo del partido tiene que actuar como el buen boyero que debe mantener en una misma línea a dos bueyes; que no se le adelante el uno y que no se le atrase el otro, y que los dos juntos avancen a un paso más lento que lo que desea el buey desesperado, pero más rápido que lo que quiere el buey cansado.
Hay casos en los que no se puede llegar al extremo de la expulsión; casos que se conocen en la intimidad de la alta dirección del partido, de líderes regionales o locales que titubean desde el punto de vista ideológico y que mantienen una conducta poco regular en sus relaciones privadas, a los cuales se les amonesta pero no se les expulsa porque la alta dirección sabe que esos dirigentes son inestables e inseguros en ciertos aspectos, pero sabe también que según lo han probado en años de militancia, no llegarían nunca a la traición. Y la existencia de dirigentes de esas condiciones forma parte de la realidad dominicana, de lo que Plejánov llamó “la estructura interna de la sociedad”, en este caso concreto, de nuestra sociedad.
En una organización política del tipo del PRD están resumidas todas las tendencias ideológicas de las clases y las capas sociales, y hasta de sectores de clases y de capas, que luchan contra el poder de la oligarquía nacional y su dependencia del poder extranjero; y esa naturaleza compleja del partido determina, como es natural, la manera de actuar de los líderes de la organización. La opinión general es la de que el líder hace el partido a su imagen y semejanza, como dicen que hizo Dios al hombre; pero en sus actividades diarias los líderes del PRD han aprendido que eso no es así; que el partido hace a sus líderes en la misma medida en que estos hacen el partido y líderes y partido se hacen como una unidad al mismo tiempo y mientras llevan a cabo la tarea de crearse a sí mismos. Quizá esto no suceda exactamente como ha quedado dicho en el caso de partidos monoclasistas, como son los partidos comunistas, pero aun tratándose de partidos comunistas, no pueden escapar totalmente a lo que se ha dicho porque no pueden existir en un vacío en el cual no operen las leyes de la dialéctica.
Para que se forme un partido político es absolutamente indispensable que uno o más líderes hayan propuesto al pueblo líneas políticas que una parte del pueblo, por lo menos, oiga y acepte y siga. Así pues, los líderes de un partido resultan ser líderes o quedan convertidos en líderes en la medida en que una parte del pueblo, una clase o una alianza de clases siguen sus orientaciones.
De lo que acaban ustedes de leer hay un buen ejemplo en la historia más reciente de nuestro país: a raíz de la muerte de Trujillo vinimos a la República Dominicana unos cuantos líderes del PRD, todos desconocidos de la gran mayoría del pueblo.
Al país no llegó un partido; llegaron sólo unos pocos dirigentes políticos; y sin embargo año y medio más tarde una enorme mayoría de dominicanos votaban por el programa que les habían propuesto esos pocos dirigentes del PRD; escogieron y siguieron ese programa a pesar de que se les propusieron muchos, algunos parecidos y otros opuestos al del PRD.
Ese ejemplo demuestra que todo partido político existe en la conciencia de una parte del pueblo antes aun de que se forme, y a menudo sin que esa parte del pueblo haya sabido que ella tenía las ideas de ese partido, pues vino a identificarlas como suyas cuando las oyó expuestas por los líderes de ese partido. Ese ejemplo demuestra también que un partido político tiene seguidores activos tan pronto aparece el grupo de dirigentes o líderes que sabe proponerle a la parte del pueblo que va a seguirlos el programa de acción o las ideas que esa parte del pueblo está deseando oír o está esperando compartir. El líder, pues, es aquel que expresa lo que el pueblo piensa y siente pero no puede expresar; y si es así, no hay ni puede haber líder si no hay una parte del pueblo que comparta lo que él piensa y siente, y en consecuencia, los partidarios y el o los líderes son igualmente importantes en la formación de un partido; unos no tendrían existencia social sin los otros. (Uno o más líderes no tienen necesariamente que formarse a base de proponerle al pueblo líneas o tesis políticas o programas de acción. Hay ocasiones en que uno o más líderes se forman actuando; y tal fue el caso, por ejemplo, de Francisco Alberto Caamaño, que saltó del casi anonimato al liderazgo gracias a la acción militar que encabezó en los días de la Revolución de Abril).
La “estructura interna” de la sociedad dominicana exige del líder condiciones especialísimas, que con toda seguridad no tienen que reunir los líderes de los países desarrollados. Todos los días, y a menudo varias veces al día, al líder dominicano se le presentan problemas que en otros países no tendrían la menor conexión con la actividad política, pero que aquí la tienen. Ya es el caso de un enfermo que debe ser operado de urgencia y sucede que ni él ni sus familiares tienen los medios para operarlo; ya es el de un niño que no tiene libros con qué estudiar y hay que buscárselos; ya es el de un muerto para el que hace falta un ataúd, o el de una mujer del pueblo cuyo hijo ha desaparecido y solicita que se le haga aparecer de cualquier manera. Ante cada uno de esos problemas, el líder dominicano tiene que inventar soluciones, y tiene que inventarlas súbitamente, con la velocidad de un relámpago. Con igual rapidez tiene que inventar soluciones de otro tipo; por ejemplo, consignas políticas, salidas para crisis de tipo táctico. De cada cien soluciones, noventinueve tienen que ser ofrecidas instantáneamente, sobre la marcha, porque “la estructura interna de la sociedad” dominicana, que está determinada por un débil desarrollo de las fuerzas productivas que deja fuera de los beneficios de la producción a la mayoría del pueblo, no les concede a las gentes necesitadas ni siquiera el beneficio del tiempo; no disponen de tiempo para esperar porque el tiempo para ellas significa un vacío que sólo se llena con sufrimientos, con hambre y con desolación. Desde luego, en un país donde el desarrollo de las fuerzas productivas es escaso toda la superestructura social se halla condicionada por ese hecho. Plejánov le dedica varios párrafos a ese punto de las actividades de un dirigente político; por ejemplo, cuando dice que “Cualquiera que sean las particularidades de un determinado individuo, éste no puede eliminar unas determinadas relaciones económicas cuando éstas corresponden a un determinado estado de las fuerzas productivas” O cuando dice que “hay que reconocer que la causa determinante y más general del movimiento histórico de la humanidad es el desarrollo de las fuerzas productivas, que son las que condicionan los cambios sucesivos en las relaciones sociales de los hombres. Al lado de esta causa general obran causas particulares, es decir, la situación histórica en la cual tiene lugar el desarrollo de las fuerzas productivas de un pueblo dado y que a su vez, y en última instancia, ha sido creada por el desarrollo de estas mismas fuerzas en otros pueblos, es decir, por la misma causa general”
El escaso desarrollo de las fuerzas productivas de nuestro país impone límites en el quehacer político. No podemos ir más allá del punto adonde podría llegar en este momento la sociedad dominicana si ésta sigue sirviéndose de las fuerzas productivas actuales. Pero los líderes políticos conscientes saben que una sociedad cualquiera vive en evolución permanente; saben que nada es estático; saben que aun si la sociedad dominicana no evolucionara (cosa imposible), está en evolución perpetua el mundo que nos rodea, y esa evolución implica un cierto grado de evolución aquí. Un aumento en el consumo del azúcar a nivel mundial significará de manera ineludible una variación en las condiciones de la economía dominicana, y esa variación repercutirá de una manera o de otra en la vida del país. Si se sabe eso, naturalmente, hay que prepararse para influir en los cambios que la sola existencia de la República Dominicana hace inevitables. Eso lo dice Plejánov con estas palabras: “… si yo sé en qué sentido se modifican las relaciones sociales en virtud de determinados cambios en el proceso social y económico de la producción, sé también en qué sentido se modificará a su vez la psicología social; por consiguiente, tengo la posibilidad de influir sobre ella. Influir sobre la psicología social es influir sobre los acontecimientos históricos. Se puede afirmar, por lo tanto, que, en cierto sentido, yo puedo, con todo, hacer la historia, y no tengo necesidad de esperar hasta que la historia se haga”. Sustitúyase en esas sentencias el yo que usa Plejánov por la palabra líder o por los líderes y se tendrá una idea clara de lo que he querido decir al escribir que “hay que prepararse para influir en los cambios que la sola existencia de la República Dominicana hace inevitable”.
Un líder es un dirigente; tiene la responsabilidad de dirigir a una parte del pueblo, asistido por otros líderes, y tiene la obligación, como dice F. V. Konstantinov (“La personalidad en la Historia”, en El Materialismo Histórico, Editorial Grijalbo, S. A. México, D. F. 1966, pp.285-90) de “comprender mejor que los otros la situación histórica, captar el sentido de los acontecimientos, tener conciencia de cómo van madurando las necesidades de la vida social, ver más allá que los demás, abarcar con mayor amplitud que otros el campo de la realidad histórica”. Es posible que no pueda satisfacer todos esos requerimientos, pero debe satisfacer algunos de ellos; y si entre ellos está el de tener “conciencia de cómo van madurando las necesidades de la vida social”, podrá servirle a su país mucho mejor que los líderes que carecen de los conocimientos y la sensibilidad indispensables para tener esa conciencia.
X La función del líder, en un partido y en su país, es dirigir; pero el que dirige orienta y al mismo tiempo guía; orienta al pueblo y guía a sus partidarios. El líder guía a sus partidarios a través de otros líderes, que son en los hechos representantes políticos de la clase o de las clases sociales que actúan en su partido. Si esas clases son las que explotan al pueblo, la función del líder viene a ser la del traidor; si son las explotadas, la función del líder es encabezar la lucha por su liberación.

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Migue Guerrero

Stalin, la vida oscura de un tirano (1 de 2)

Uno de los rasgos más cautivantes de la biografía del dictador de la desaparecida Unión Soviética Josef Stalin es el de su trabajo en la clandestinidad, desde su expulsión de un seminario jesuita en 1899 hasta el triunfo de la revolución bolchevique en 1917. Constituye también la parte menos conocida de su vida. Sus biógrafos oficiales, entre los que se cuentan a Lavrenti Beria, quien fue uno de sus más crueles jefes de policía, cumplieron a la perfección el encargo de suprimir todos aquellos pasajes que pudieran comprometer la trayectoria revolucionaria del hombre que reinó como todo un viejo y poderoso zar sobre las cenizas del zarismo.

A pesar de ello, los archivos de Ojrana, la temible policía secreta del zar abiertos años después de la muerte de Stalin, han permitido aclarar muchos puntos. Se sabe desde entonces que Stalin fue colaborador de los servicios secretos imperiales y que en varias oportunidades ofreció a éstos informaciones muy valiosas sobre el movimiento bolchevique.

Esos archivos fueron abiertos a finales de la década del 1950. Habían sido enviados al Instituto Hoover de Stanford, Estados Unidos, por Basil Maklakov, el último de los embajadores del zar en Francia tras el triunfo de la revolución en 1917.

Compuestos por más de 100,000 documentos sobre las operaciones extranjeras e internas de la Ojrana desde 1889 hasta la caída del zar, estos archivos fueron sacados por Maklakov de la oficina de la citada policía en París y enviados a Stanford con la condición de que solo fueran abiertos después de su muerte, la cual ocurrió en 1953.

El estudio de esos documentos secretos ha permitido reconstruir una parte importante del movimiento bolchevique y especialmente algunos rasgos de la personalidad de Stalin. Las autoridades soviéticas suponían que estos archivos habían sido destruidos a raíz del ascenso al poder de los partidarios de Lenin, por lo que la revelación de su contenido causó una gran conmoción en el Kremlin a pesar del hecho de que esto coincidió con el periodo de la “desestalinización”, iniciada con el discurso pronunciado por Nikita Kruschev en el XX Congreso del Partido Comunista Soviético.

De acuerdo con esos documentos, citados profusamente por varios historiadores, Stalin viajó a Estocolmo para participar en un congreso, celebrado antes de la revolución, con un pasaporte falso facilitado por la Ojrana. Estos y otros archivos sugieren que Stalin sirvió a la policía zarista entre 1906 y 1912.

Otros hechos muy poco divulgados revelan rasgos de la personalidad del dictador. Cuando fue expulsado del seminario teológico administrado por jesuitas, el futuro dictador soviético escribió una carta al rector denunciando a otros compañeros de actividades reñidas con las enseñanzas religiosas. Los acusaba ante la autoridad religiosa de ser “políticamente indignos de confianza”, lo cual determinó la expulsión de éstos.

La noticia de esta carta, la revelación de que Sosó, apodo por el que se le conocía en esa época, se había convertido en un delator, provocó que fuera llamado a una especie de juicio en el círculo obrero en el cual ya desplegaba actividades revolucionarias.

Djugachvilli, que era su verdadero nombre, admitió la acusación en su defensa y dijo lo siguiente: “Los alumnos estaban todos destinados a ser curas o frailes, servidores de la Iglesia. Yo los he salvado para la revolución. Al denunciarlos he llevado al partido a una docena de revolucionarios educados y de confianza, precisamente lo que más necesitamos”.

Lenin desconfiaba de Stalin, al que no consideraba un comunista cabal. Aunque los biógrafos oficiales al servicio de Stalin trataron por todos los medios de vender otra imagen de estas relaciones, la verdad es que los hechos demuestran lo contrario.

Tras su muerte, entre sus papeles fue encontrada la carta que el 5 de marzo de 1923 le escribió Lenin recriminándole acremente por la forma “grosera” en que había tratado a su esposa Krupskaia. Kruschev dijo después que era realmente “asombroso” que Stalin conservara esa carta.

Después de la caída de Kruschev, Stalin fue rehabilitado y vuelto a ser “Héroe de la Unión Soviética”. Sin embargo, su papel en la clandestinidad en los años de lucha contra la tiranía zarista, las intrigas internas que él dirigió para aniquilar a sus antiguos camaradas una vez en la cima del poder, el asesinato de millones de rusos, las purgas en el ejército y los procesos montados contra intelectuales y altas figuras del partido y el gobierno, arrojan serias dudas sobre su figura de revolucionario puro y auténtico.

La época estalinista constituye una mancha sangrienta en la historia del movimiento comunista. Resulta claro, sin embargo, que su desmitificación equivaldría al derrumbamiento de toda la estructura ideológica en que se sustentaba y aún pretende sostenerse como una opción de cambio reivindicativa del ser humano.

Después de haber asegurado el control absoluto de la Rusia Soviética, Stalin era el “bien amado”. Obtuvo el título por medio de las peores intrigas y las más insólitas conspiraciones. Muchos de sus más íntimos colaboradores y antiguos camaradas de partido cayeron abatidos por el peso de su carácter implacable, durante el período de su ascenso al poder total.

Con todo, Stalin pudo escalar la cima del Partido Comunista Soviético, y desde ahí reinar como un todopoderoso sobre el inmenso país, sólo porque Lenin estaba muy enfermo y porque Sverdlov, el primer presidente soviético, había muerto.

Al decir de Trostky, Stalin era un “grosero” y un hombre de maneras obsequiosas que gustaba de espiar a sus camaradas desde sus habitaciones de la segunda planta de Kremlin, desde mucho antes de que fuera electo secretario general.

En su testamento, Lenin instó a los líderes de la revolución a impedir el rápido ascenso de Stalin. Lo consideraba poco leal a sus camaradas, “abusa de su poder para llegar a los fines personales y es tan grosero que no tiene sitio en el seno de los comunistas”.

El comienzo de su lucha verdadera por el control de toda la Unión Soviética tuvo lugar en el X Congreso del Partido Comunista, cuando a solicitud de Zinoviev, a quien luego hizo Stalin ejecutar, fue nombrado secretario general.

Los historiadores coinciden en que esto fue posible sólo porque la enfermedad de Lenin prácticamente le había alejado de los quehaceres del partido y porque el natural sucesor Sverdlov había muerto poco antes. Sverdlov desconfiaba de Stalin y éste no vaciló en precipitarle la muerte haciéndole ingerir una dosis excesiva de somnífero.

El instrumento utilizado para quitar de en medio a Sverdlov fue Pagoda, un oscuro e intrigante farmacéutico que el primero había ayudado a escalar posiciones en la jerarquía comunista, no obstante el hecho de que en su juventud, Pagoda había cometido un robo en el negocio del padre del primer presidente soviético.

Sverdlov estaba padeciendo de tuberculosis y por eso su muerte repentina no causó revuelo alguno en los altos círculos del poder en el Kremlin. Sin embargo, como Lenin patrocinaba a Trostky para sucederle y temía de las intenciones de Stalin, este último concentró todas sus fuerzas en eliminar política y físicamente al segundo a fin de allanar su camino hacia el poder absoluto.

Ya muerto Sverdlov, Lenin y Stalin tuvieron algunos altercados significativos que profundizaron las diferencias entre ambos. Uno de los más graves ocurrió a mediados de 1923, en momentos en que Lenin se acercaba a los días finales de su existencia. El líder de la revolución bolchevique se encontraba muy débil cuando su esposa la Krupskaia chocó violentamente con el secretario general quien le ordenó ásperamente que no se inmiscuyera en los asuntos oficiales.

La razón del altercado era que la esposa de Lenin favorecía abiertamente a Trostky para suceder al presidente del Comité de los Comisarios del Pueblo en el liderazgo máximo de la revolución comunista. Lenin se inclinaba por Trostky y ya lo había hecho saber en su testamento, al definirlo como el más inteligente de todos los probables sucesores.

Stalin celaba a Trostky porque éste había sido siempre la segunda figura y su participación en la guerra civil, como jefe de las Fuerzas Armadas, fue decisiva en la consolidación de la revolución de los Soviets.

Un ejemplo de que realmente Lenin pensaba en él para el primer puesto de mando aparece en los textos de historia. Después del atentado en que Lenin resultó gravemente herido en 1918 por la militante socialista revolucionaria de izquierda, Fanny Kaplan, medio moribundo hizo llamar a Trostky a su lado.

En plena guerra civil Trostky abandonó por unos momentos su puesto de lucha en el frente y acudió ante el líder máximo. “Debes cuidarte”, le dijo Lenin, “debemos procurar que os protejan mejor que a mi, porque si desaparecemos ambos, ¿crees que Sverdlov y Bukharin podrían reemplazarnos eficazmente?”.

Tan pronto como obtuvo el poder, a base de intrigas y asesinatos, Stalin se convirtió en el “hombre más amado” de Rusia. Pero la verdad fue que siempre inspiró desconfianza, temor y repulsión entre sus propios camaradas.

Otra faceta poco conocida de Stalin se remonta al período previo a la Revolución de 1917. Tras su regreso a Bakú después de haber escapado con una identidad falsa del confinamiento en el Norte, Stalin encontró la organización de los bolcheviques de Georgia virtualmente diezmada. Sufrían sobre todo una aguda escasez de fondos. Para salvar al movimiento, el futuro “Zar de la Rusia Soviética”confeccionó una lista de comerciantes ricos, con la ayuda de algunos delincuentes convictos por robo, a los que exigió un pago de protección. Los que resistieron el chantaje no tardaron mucho en lamentarlo, pues sus establecimientos fueron objeto de ataques o incendios nocturnos.

Muy pronto Stalin llegó a la conclusión de que esto no era suficiente para mejorar las finanzas del partido en Georgia y recurrió a su amigo Lajos Koresku, fichado en la policía como traficante de drogas y muy conocido en el mundo de la prostitución. Con la ayuda de Koresku “consiguió” reunir a un grupo de prostitutas y montó una serie de prostíbulos en Tiflis, Bakú y otras ciudades. Parte del dinero de esas actividades era entregado a Stalin para el partido. Durante algún tiempo el negocio de la prostitución constituyó la principal fuente de ingresos de los bolcheviques de Georgia y de todo el Cáucaso, lo cual le permitió al futuro amo de Rusia reactivar el aparato bolchevique en esa vasta y agitada región.

Lenin estaba al tanto de las actividades de Stalin pero se hizo de la vista gorda, hasta que las mismas alcanzaron un punto en que podían convertirse en un peligro para el crédito del movimiento. Fue entonces cuando le escribió una larga carta a Stalin advirtiéndole sobre el peligro de que las autoridades zaristas utilizaran ese expediente para desacreditar la moral del partido y la de sus principales dirigentes. Lenin aprobaba el método y su preocupación se relacionaba con la posibilidad de que se le empleara en su contra.

La explotación de un negocio del “capitalismo decadente” por Stalin en Georgia, no hería los sentimientos revolucionarios de Lenin. “Nada me importa que tengas o no asuntos con las mujeres ni que cambies de mujer con tanta frecuencia como de camisa”, escribió Lenin a Stalin. “Pero lo que sí me importa es el buen nombre de nuestro Partido Bolchevique”. En esa perla de la herencia literaria leninista, prevenía sobre la necesidad de guardar las apariencias: “No estoy de acuerdo en que sea la mejor política para nuestro partido el estar abiertamente conectado con los burdeles que tú y Koresku organizasteis, los cuales están prosperando. Aunque comprendo muy bien que debemos obtener los fondos para nuestra lucha por el procedimiento que sea, ya que los precisamos imperiosamente, creo, sin embargo, que debería hacerse en forma tal, que jamás pueda acusársenos de valernos de la prostitución como un medio de conseguir los ingresos para sufragar nuestra obra revolucionaria”.

Lenin comprendía las consecuencias. “Sería terrible para el partido que un día apareciera un periódico zarista con el título de Líder bolchevique del Cáucaso dueño de un burdel, y nos acusase de explotadores de prostitutas”.

Según Lenin, “sería extremadamente nocivo para nuestra causa si nosotros, que combatimos contra la explotación del individuo, tuviéramos que ser acusados de explotar a alguien, aunque se trate de prostitutas”. En realidad, fue él quien le trazara las pautas cuando aconsejó a Stalin lo siguiente: “Por tanto, sugiero que encuentres la manera y forma de llegar a un acuerdo con Koresku para que te entregue el dinero fuera de los burdeles, sin que haya ulterior conexión entre tú y esos lugares, y también que, cuando hagas entrega de dichas cantidades regulares, digas simplemente que proceden de simpatizantes que no desean descubrir sus nombres”.

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