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OPINONES

AUDIO Asi hacíamos un periódico cuando no existía Google . Por Miguel Franjul

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Antes de que la ma­ravilla tecnológica de Goggle se con­virtiera en el bus­cador predilecto de datos, su equivalente práctico en las antiguas redacciones era la colección de los diarios o, en su defecto, un paquete de folders atiborrados de recor­tes de papel.

Cuando le era preciso al re­dactor buscar el antecedente de una historia o todo lo que se hubiese publicado acer­ca de un evento, una obra, un personaje, tenia que recu­rrir al departamento de archi­vo o la biblioteca del periódico a pedir los portafolios corres­pondientes.

No había manera de lograr una búsqueda avanzada, co­mo ahora lo permite Google, sino la de haber rápidos vis­tazos a los recortes archiva­dos o las páginas originales de una edición impresa y tra­tar de localizar el dato que se necesitaba.null

Este procedimiento implica­ba tiempo para el redactor, pe­ro era la fuente más fiel para conocer el background de una noticia. Eso si, trabajar con una montaña de documentos o un libraco encuadernado de un periódico sabana resultaba complejo, pero no teníamos de otra.

No teníamos forma del co­py-paste o reproducción de un texto para integrarlo a una no­ta porque las maquinillas de escribir de entonces, las pro­cesadoras digitales de hoy, no podían exportar ningún con­tenido.

Para la época en que estas eran las herramientas usuales de un periodismo más manual que tecnológico, la prisa pa­ra redactar noticias no era un factor de presión, como hoy, y gracias al esquema de organi­zación interna, cada nota pa­saba por muchos ojos y filtros antes de su impresión final.

Había redactores que so­lían colocar papel carbón en­tre dos hojas de 8 y media por 11 pulgadas para conservar copias de sus noticias, gene­ralmente escritas con dos es­pacios entrelíneas para que el corrector de estilo pudiera in­troducirle cambios escribien­do a mano con un bolígrafo.

Así garabateadas y tituladas con una tirilla se las enviaban al componedor para que for­mateara otro texto en una cin­ta perforable. Esta cinta se co­locaba luego en una máquina reproductora que la imprimía en una galera blanca que, pos­teriormente, pasaba a revisión del corrector de pruebas.

Si el corrector de pruebas encontraba errores gramatica­les, usaba entonces un bisturí para suprimir las fallas , escri­biendo las palabras correctas en otra máquina, cortándolas y colocándolas en los huecos con una cinta pegante debajo.

Una vez lista, los diagrama­dores cortaban al filo las gale­ras, le untaban un pegamento detrás y las fijaban en pági­nas cuadriculadas del tama­ño original del diario, y de ahí se iban, con sus respectivos ti­tulares, a las cámaras de foto-impresión, cuyos negativos se plasmaban en planchas metá­licas y estas, finalmente, se ad­herían a los rolos de las rotati­vas. Hasta que, por fin, salían impresas.

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