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Migue Guerrero

El costo de la inmigración ilegal. Por Miguel Guerrero

Haití no es un problema interno dominicano. Es otro país, con sus peculiaridades y tradiciones diferentes a las nuestras. Su destino como nación le corresponde a los haitianos, no a los dominicanos. Atribuirnos la obligación de ceder la nacionalidad a cuantos hijos de ilegales de ese país nazcan en territorio nacional, equivaldría a ceder nuestro derecho de elegir y ser elegidos. Lo que ensayista e historiadores han llamado con acierto el eventual abandono de nuestra soberanía y la creación de dos naciones en el territorio nacional con idénticos derechos.

La inmigración ilegal sobrepasa ya la capacidad del país para asimilarla. Ha contribuido a empobrecer el empleo y reducido por igual las oportunidades de trabajo de cientos de miles de dominicanos desplazados por una masiva y creciente mano de obra dispuesta a aceptar condiciones laborales inferiores a causa de su propio estatus. Los problemas de esta inmigración incontrolada repercuten negativamente en la imagen nacional en el exterior. El país ha sufrido por ello serios reveses en el ámbito internacional, con una condena en la Corte Interamericana de Derechos Humanos a causa del no otorgamiento de la nacionalidad a dos niñas hijas de ilegales haitianos nacidas en la república. Y posteriormente, el Congreso de Estados Unidos concedió un premio de los derechos humanos a la activista dominico-haitiana Sonia Pierre por sus sistemáticas denuncias de maltrato a los haitianos en el país.

No se trata de un problema étnico como se trata de hacer ver en la comunidad internacional, con la insólita ayuda de organizaciones locales. Muchos dominicanos somos tan negros, mulatos y pobres como los nacionales del estado vecino. Lo que está en discusión es el derecho que asiste al país de dictar sus leyes sobre un asunto tan sensitivo como el de la inmigración; un derecho al que no se renuncia.

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Migue Guerrero

Por encima de las diferencias. Por Miguel Guerrero   |  

Cuando leía a César Medina, lo que hacía cada día por su estilo depurado, directo, sin oropeles, de impecable prosa, me asaltaba siempre una pregunta que me llenaba de inquietud. Y por más que reflexiono, todavía no acabo de entender la razón por la que en nuestro país se hace tan difícil que los grupos de decisión dejen a un lado sus diferencias en pro de un gran acuerdo que allane el camino hacia el futuro, si entre César y yo alcanzamos un alto nivel de afecto y respeto profesional por encima de las nuestras, que eran muchas.

Muchos de mis amigos, con los que mejor me siento, disienten por lo general de mis criterios y no tengo una visión más aburrida de una velada que aquella en las que todos piensen del mismo modo. Pero la terquedad con que en nuestro país se impone la irracionalidad en la discusión de los temas básicos y se convierten en irreconciliables los desacuerdos más insignificantes, me dice que el liderazgo nacional, en todos los estamentos de la sociedad dominicana, se divierte echando gasolina al fuego sólo para ver qué ocurre.

Entiendo que los agravios pesan, pero de qué pudiéramos estar hablando. Estados Unidos y Vietnam sostuvieron por años una de las guerras más cruentas de la historia y son hoy dos aliados con un prometedor tratado de libre comercio. Francia y Alemania fueron adversarios en las dos guerras mundiales que sangraron Europa en la primera mitad del siglo pasado y hoy son los líderes que sostienen la Unión Europea. La grandeza de esas naciones es la de haber enterrado sus ofensas para trabajar juntos por objetivos comunes. Y esa experiencia ajena debería servirnos de pauta para buscar en la diversidad la solución de nuestros problemas.

Porque mientras sigamos intentando encontrar el sendero del porvenir por el retrovisor, en lugar de por el vidrio delantero, quedaremos rezagados viendo al resto avanzar.

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Migue Guerrero

Entre el mito y la realidad. Por Miguel Guerrero

Sobre la base de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó. El carácter heroico otorgado a los movimientos marxistas fue por décadas una de las leyendas más propaladas. Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios.

La colectivización que provocó más de veinte millones de muertos durante el sangriento mandato de Stalin, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte del tirano y sus colaboradores.

Muchos de esos mitos se han caído por efecto de la realidad. Pero las graves desigualdades sociales que caracterizan la vida moderna los hacen todavía atractivo a los ojos de millones de personas alrededor del mundo. En muchos países de América Latina, si bien en menor intensidad que en el pasado, sigue existiendo la esperanza de un mundo más justo estructurado sobre la base de una mejor distribución de la riqueza en un sistema sujeto al control de la sociedad por una oligarquía política, politburó, que Milovan Djilas, el brillante pensador yugoslavo de la era de Tito, describió como “la nueva clase”.

La revolución castrista, que mantiene aún vivo ese fuego que apenas ya quema, es el ejemplo más patético del fracaso de ese experimento. Al cabo de seis décadas de revolución, los cubanos apenas han conseguido recientemente el derecho a poseer un celular y una computadora. Para protegerlos de la contaminación del cáncer capitalista, el régimen, siempre vigilante, les restringe las llamadas y el acceso al internet. De esta manera, la gerontocracia castrista mantiene intacta la pureza de su revolución.

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