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OPINONES

Medios, poder y chantaje

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Por Daniel García Santana

Muchos medios de comunicación en la República Dominicana, como ocurre también en otras democracias de la región, atraviesan una preocupante distorsión de su rol social. Aquellos que deberían servir para defender los más nobles interese, en muchos casos han degenerado en instrumentos de presión, chantaje o negociación particular.

No me corresponde juzgar casos específicos. Pero sí es legítimo señalar que funcionarios, actuales y pasados, han enfrentado la disyuntiva de ceder ante presiones mediáticas o exponerse a campañas de descrédito, con informaciones reales, manipuladas o inventadas.

El auge de las redes sociales ha amplificado este fenómeno. El poder ya no reside solo en los medios tradicionales, sino también en plataformas digitales con audiencias masivas. En ese contexto, la “viralidad” muchas veces sustituye la verificación, y el impacto emocional reemplaza el rigor informativo. La lógica del “escándalo permanente” genera audiencia, monetización y poder de negociación.

En algunos casos, la asignación de publicidad estatal se convierte en moneda de cambio. No se trata de premiar alcance o calidad, sino de evitar ataques. Así, los presupuestos públicos pueden terminar siendo capturados por quienes ejercen mayor presión. Los funcionarios se debaten entre “ser agradables o desagradables” para determinados comunicadores que han adoptado como práctica el “dame lo mío”, expresión popularizada por el fenecido Álvaro Arvelo Hijo.

Uno de los puntos que ha ahondado la situación fangosa del periodismo es el enganche de tantos al oficio. Estos son quienes hablan más alto, sin respeto a las normas y “se la buscan como un toro”. No tienen conocimiento “de nada y saben de todo”, en la mayoría de los casos.

Defiendo la libertad de expresión. Es un pilar esencial de toda sociedad democrática, pero no puede confundirse con impunidad. La crítica es legítima; la difamación y la extorsión no lo son. Más que censura, lo que se requiere es institucionalidad, con la aplicación de las leyes existentes.

No se trata de silenciar voces incómodas, sino de garantizar que el debate se sustente en hechos y argumentos, no en amenazas, ni en campañas de presión.

En una democracia madura, el periodismo fiscaliza al poder. Pero cuando el micrófono se convierte en arma de negociación, se erosiona la credibilidad del propio sistema mediático y se debilita la confianza ciudadana. República Dominicana necesita medios libres. Pero también responsables. La libertad sin responsabilidad degenera en abuso. Y el abuso, venga de donde venga, siempre termina afectando a la democracia.

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